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ERGOSFERA

SOBRE LAS “PRIMEIRAS XORNADAS DE ARQUITECTURA E HERMENÉUTICA”

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SALÓN DE ACTOS DE LA SEDE DEL COAG EN LUGO / OCTUBRE – NOVIEMBRE 2009

miércoles 28 / octubre / 19:00 > Teresa Oñate y Zubía + Uriel Fogué
jueves 05 / noviembre / 19:00 > José Pérez de Lama
jueves 12 / noviembre / 19:00 > Ignacio Pérez-Jofre + Fernando Espuelas
jueves 19 / noviembre / 19:00 > Elena Freire Paz
jueves 26 / noviembre / 19:00 > Izaskun Chinchilla + Ignacio Castro Rey



Lo que no mata engorda. El conflicto nos interesa.

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La filosofía produce preguntas. La arquitectura produce respuestas. Y así nos solemos quedar satisfechos unos y otros, acomodados en unas posiciones que, al menos hasta ahora, nos permitían seguir hacia delante: mientras la filosofía lleva años introduciendo en sus discursos las problemáticas espaciales y urbanas sin inmiscuirse directamente en la producción de alternativas, las ambiciones filosóficas y sociopolíticas de los arquitectos no suelen hacerse realidad más allá de las memorias “justificativas” de nuestros proyectos.

Por esto sentar en la misma mesa (real o metafórica) a estas supuestas disciplinas inconexas no puede seguir siendo ese momento de comunión y fascinación pasiva en la que una y otra nos intentamos adoctrinar o nos contamos agradecidamente las herramientas de trabajo y análisis de la realidad que hemos aprendido los unos de los otros. Y tampoco puede limitarse a exigir pragmatismo y rentabilidad a la primera y retiro teórico absoluto a la segunda. La cuestión es posibilitar la puesta en crisis de nuestros respectivos métodos de funcionamiento disciplinares (e institucionales) y permitir las contaminaciones indecentes, los intrusismos profesionales y la consiguiente aparición de conflictos.

¿El conflicto es la base de todo cambio? Da igual. El conflicto es hoy por hoy una especie en extinción debido a su supuesta condición de enemigo de la democracia, y la filosofía y la arquitectura (como el resto de las profesiones) siguen encontrando en el consenso (a cualquier escala: mediática/masiva, en los círculos “culturales”, en el ámbito económico, etc.) la forma más sencilla de mantener sus posiciones dentro de la clásica estructura socioeconómica de las democracias occidentales. Todo no da igual. Una ciudad sin conflictos es una ciudad muerta.

Si este encuentro se convierte entonces en una oportunidad para el conflicto o, lo que es lo mismo, en una ocasión en la que hasta la última de nuestras certezas internas pueda ser puesta en duda, avanzaremos hacia unas profesiones más conscientes de la ampliación que han sufrido nuestros contextos de trabajo (¿la realidad?), y más capaces, tanto de dignificar y legitimar dichas disciplinas en nuestro tiempo, como de proponer alternativas viables para construir una ciudad crítica y repleta de espacios de libertad para todos.

Cedric Price ya intuía hace décadas que para conocer lo que aportaba la arquitectura a la realidad era necesario averiguar las incertidumbres que había introducido en otras disciplinas y modos de vida. Pero los que nos miran desde fuera ya se han dado cuenta de que casi nada de lo que producimos los arquitectos les crea dudas. Mientras la complejidad de nuestros discursos “culturales” no permite su traslación a arquitecturas decididamente construibles por ahora (con lo que sus efectos permanecen en el indiscutible papel), la simplicidad de nuestras acciones en términos económicos sólo permite algún tipo de acontecimiento a través de la inevitabilidad del error o el descontrol.

Por su parte, los que empiezan a repensar la profesión de arquitecto/urbanista únicamente porque se ha acabado la fiesta del ladrillo y ya no hay café para todos (B+8 por doquier, Museos de Arte Contemporáneo a la vuelta de cada esquina, macro-promociones de macización irracional del territorio, etc.) pronto encontrarán una nueva manera de formalizar la profesión en los mismos términos sociopolíticos en los que se encontraba y, aunque la presunción de inocencia deba prevalecer, no sería extraño que simplemente derivasen hacia otros formatos de llegada a la misma posición económica y a los mismos resultados para la ciudad y sus habitantes.

En este contexto, para desestabilizar a la arquitectura ya no llega con darle forma de manera directa al mito de la caverna de Platón, a las hipótesis sobre la cabaña en la Selva Negra de Heidegger, o al rizoma de Deleuze y Guattari. La forma nunca ha sido lo único para lo arquitectónico. La forma (sola) siempre será capturable por cualquier tipo de poder. Y por eso aunque varias hipótesis filosóficas hayan logrado dar el salto a la (forma de la) arquitectura, en la mayoría de las ocasiones no producen cambios profundos, ni en las maneras de uso y gestión de los espacios/territorios producidos, ni en los sistemas de trabajo con los que los construimos una enorme cantidad de profesionales relacionados, entre ellos, los arquitectos. La hermenéutica que necesitamos ¿es la nuestra como profesión?

Uriel Fogué, Izaskun Chinchilla y José Pérez de Lama (invitados a estas jornadas) son arquitectos que han sabido destilar desde disciplinas como la filosofía nuevas claves para leer los contextos donde trabajan de una forma ampliada, produciéndose inevitablemente ciertas distorsiones en sus arquitecturas y discursos que reflejan las reacciones ante esas nuevas y múltiples descripciones de la realidad que habitan.

Uriel Fogué lleva años estudiando la expansión de la gama de contextos arquitectónicos en los que trabajar como técnicos. Si conectamos su análisis genealógico de las máscaras de gas con los trabajos de Rem Koolhaas sobre cómo las instalaciones de climatización han ido conformando la práctica arquitectónica en las últimas décadas, entendemos perfectamente como el aire se ha convertido en una producción arquitectónica de primer orden; si vinculamos sus análisis sobre los efectos fisiológicos que producen las drogas con los trabajos de Décosterd y Rahm en los que distorsionan las condiciones ambientales percibibles por los sentidos, entendemos cómo el cuerpo humano también es un campo de experimentación desde algo parecido a lo arquitectónico; y si relacionamos sus investigaciones sobre la identificación radical territorio-vida en el caso del Homo Taedio con cualquiera de los múltiples acercamientos al problema de la libertad a través del análisis de los sistemas de control espacial y las resistencias, también entenderemos que pensar que la arquitectura es un medio completamente neutral, despolitizado e impotente a través del cual nada puede cambiar, es entenderla como ente autónomo, y esto es una cuestión evidentemente irreal.

Izaskun Chinchilla ha elaborado infinidad de experimentos proyectuales basados en múltiples conocimientos extradisciplinares (filosóficos, sociológicos, científicos, etc.) que, entre otras cosas, la han llevado a reformular varias de las controversias actuales, desde los problemas energéticos a las nuevas vías de expansión de la democracia, en términos siempre ligados a la innovación radical y a la visibilización de los no-humanos. Ese compromiso con la experimentación de una forma tan incisiva es una actitud que disminuye enormemente la distancia entre el proyecto arquitectónico y los discursos externos en los que se basa, ofreciendo la posibilidad de visualizar, algunas veces y por ahora casi siempre en el papel, lo que pueden llegar a significar determinados pensamientos filosóficos o sociológicos construidos.

Por su parte, José Pérez de Lama ha ido un paso (entendemos que gigante) más allá y, además de haber ampliado sus campos de acción y las herramientas con las que trabaja como arquitecto a través de innumerables incursiones en lo digital, en el pensamiento filosófico radical, y en los procesos políticos emergentes, ha puesto en duda los fundamentos mismos de la máquina arquitectónica, atacando la pertinencia de los discursos hegemónicos y visibilizando que lo otro es posible; que unas profesiones arquitectónicas basadas en el abandono de su posición asignada de antemano en el circuito económico de la construcción pueden ser viables y producen arquitecturas que sí generan dudas y conflictos.

En medio de la época del diagrama arquitectónico, varios arquitectos como Osfa (Pérez de Lama), Santiago Cirugeda, Teddy Cruz y un largo etcétera, han comenzado a pensar que el diagrama que en realidad hacía falta era el de nosotros mismos. Y en este sentido, muchos de los nuevos y los sin papeles sospechamos que es el momento de construir otros diagramas para unas formas de ejercer la profesión que no implicasen, por ejemplo, ni el desprecio hacia todos los ciudadanos que no son clientes directos de la arquitectura, ni la absoluta mercantilización de nuestro trabajo y las derivas que implican hacia esa precarización laboral consentida por todos, ni la práctica inexistencia de posicionamientos filosófico-políticos en nuestra disciplina (cuestiones que, por otra parte, arrastramos inevitablemente desde el paso por esas instituciones conservadoras llamadas escuelas técnicas superiores de arquitectura).

Los arquitectos también (y sobre todo) somos ciudadanos. Por eso la aparición de arquitecturas diferentes está también supeditada a que los ciudadanos-arquitectos aprendamos nuevas formas de ser y estar en el mundo. Y sí, también podemos aprender a través de la filosofía. Para empezar: ¿qué puede resultar más interesante que los arquitectos, que parecemos abocados a actuar sobre el presente, nos declaremos sus más acérrimos enemigos, y nos convirtamos también en la mala conciencia de nuestra época?

2 comentarios

2 comentarios

  1. beatriz October 24th, 2009 21:26

    declaraos ex-arquitectos! para que se sepa de dónde venís y no estéis limitados por imágenes preconcebidas de lo que deberíais ser

  2. jorge October 25th, 2009 19:52

    pues no estaría mal hacernos ex-arquitectos antes incluso de serlo… toda una declaración de intenciones, sí señor… así abandonamos ya la discriminada calificación de arquitectos sin papeles