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¿quién es el urbanismo en quilmas? [i]

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> El urbanismo como problema no evaluable o ¿porqué no sabemos quién es el urbanismo?

En los últimos años, “el urbanismo” ha ido escalando posiciones hasta colocarse en los primeros puestos entre las preocupaciones ciudadanas que cuantifican las diferentes encuestas y sondeos publicados por los medios de comunicación. La aparición de esta nueva inquietud ciudadana, se sitúa en un contexto de aparente interés por parte de las administraciones públicas en la reflexión sobre la práctica del urbanismo en el siglo XXI.

Sin embargo, este interés no se corresponde con una visión global de Galicia como realidad territorial en la que diferentes nodos urbanos se relacionan entre ellos y con el resto de nodos globales; mientras el gobierno autonómico y las diferentes administraciones provinciales y locales promueven eventos puntuales como el Congreso Internacional de Territorio y Urbanismo o los Encontros Internacionais de Arquitectura, anuncian estudios sobre el futuro modelo territorial o sobre la creación de figuras administrativas para “nuevas” entidades urbanas, patrocinan exposiciones como Bordes de mar en Galicia, y producen campañas de concienciación sobre la importancia de la ordenación del territorio, la realidad urbanística de Galicia sigue sin encontrar su lugar en ningún proyecto sociopolítico serio y de carácter público.

El asepticismo y la falta de crítica, sobre todo de autocrítica, de la que adolecen los comunicados oficiales y las campañas publicitarias institucionales, se encuentran con una opinión pública enormemente influenciada por la continua aparición de noticias en todos los medios de comunicación relacionadas con el tema; ya sea de forma explícita, casi siempre en relación a la corrupción, a las inauguraciones preelectorales o las polémicas generadas por las grandes infraestructuras; en forma de pseudo-invención “periodística” intencionada, tipo “el feísmo” de La Voz de Galicia [1] o las disputas entre territorios y ciudades por la asignación de competencias; en forma de artículos de los “opinadores” oficiales, que casi nunca retratan toda la complejidad del tema al carecer de una formación global; o ya sea, las menos veces, en forma de discretas denuncias ciudadanas de problemáticas muchas veces aparentemente locales.

Todas estas noticias han ido poco a poco haciendo mella en la opinión pública hasta convertir al urbanismo en un asunto de debate común completamente desvirtuado, debido a un sistema de mediación básicamente normalizado por los diferentes actores privados cuyo objetivo es la preservación de sus intereses. Así, a través de una abstracción conceptual que lo desvincula de todas sus realidades asociadas, más allá de su finalidad como técnica económica, “el urbanismo” se convierte en una simplificación banal como problemática urbana únicamente vinculada a los diferentes posicionamientos puntuales de cada uno de los partidos políticos.

En medio de este proceso de desinformación -por sobreinformación e instantaneización- que marca todos los “debates” que presenciamos continuamente, tanto en los medios de comunicación como en las conversaciones cotidianas, se ha producido un estado de opinión pública como el descrito por la socióloga Noortje Marres en su tesis “No Issue, No Public” [2], en donde habla de cómo una parte de los estudios sociológicos actuales señalan que hoy en día no existe un posicionamiento ideológico previo al debate político, sino tan sólo asuntos sobre los que se opina y tras los cuales se toman posiciones.

Esta situación se convierte en un caldo de cultivo inmejorable para que en cada uno de los “debates de actualidad” referentes a cuestiones territoriales o urbanísticas resulte muy complicado opinar según criterios razonados y de carácter global, sino que tan sólo nos basemos en nuestros propios intereses, cuando éstos pueden transcribirse fácilmente en repercusiones económicas, o en las hipótesis mejor distribuidas en los medios de comunicación de masas por los interesados en cada una de las cuestiones en particular.

El urbanismo no escapa de esta tendencia infantilizante y se transforma en una palabra comodín, por supuesto sin “cara” visible, a la que la ciudadanía puede recurrir básicamente para culpabilizarla de la corrupción, de la falta de servicios e infraestructuras o de las molestias ocasionadas por las obras, y en menor medida para relacionarla con el precio de la vivienda, el “feísmo” o las controversias generadas por la redacción de los planes generales de ordenación municipal. En el caso de los colectivos y asociaciones, “el urbanismo” siempre se relaciona con una determinada reclamación específica, ya sean los promotores, para los que “el urbanismo” es la administración pública que interviene en el perfecto desarrollo del libre mercado, ya sean los grupos ecologistas, para los que se trata de la administración que permite la destrucción del medio “natural”. En cualquier caso, “el urbanismo” es siempre un problema de una determinada administración pública y, principalmente, del partido político a cargo del gobierno.

Ni rastro de preocupaciones sobre la construcción contemporánea del espacio público, la gestión arquitectónica de la ciudad existente y su complejidad programática, la aplicación de criterios razonables de densidad y posición de los nuevos crecimientos urbanos, la participación ciudadana en la redacción de los planes urbanísticos, la influencia en los mismos de determinados grupos de presión, la segregación y defensa de zonas destinadas a colectivos ciudadanos exclusivos, la reproducción en formato “seguro” de la ciudad en las simulaciones comerciales, la construcción de las zonas productivas como “cara b” de la ciudad, los cambios producidos por las nuevas formas de relación social, o un sin fin de temas que se escapan continuamente de la reflexión sobre la ciudad y el urbanismo.

En este sentido, las encuestas ciudadanas de las que hablábamos al principio parecen funcionar como uno más de los elementos destinados a producir un estado general de falsa participación en las problemáticas urbanas, que incluso se intenta vender como una necesidad de las ciudades para subsistir sin cambiar radicalmente el formato de sus instituciones públicas. Los barómetros urbanos que realizan empresas privadas, muchas veces asociadas a medios de comunicación, o el propio CIS se convierten en plataformas de la “abstracción intermedia”, es decir, en refugios para conceptos abstractos desvinculados, tanto de sus efectos más palpables en la realidad urbana, como de las causas globales que los producen.

Éstos conceptos, cuya única condición exigible es que sean fácilmente comprensibles, en apariencia, para la mayoría de la población, y que consecuentemente tienen que simplificarse y aislarse como problemas autónomos, construyen una realidad ciudadana muy simple y predispuesta a recibir soluciones de similar simpleza y banalidad; por ejemplo, el problema de “el tráfico”, que se soluciona construyendo más parkings públicos y aumentando la capacidad de las vías de comunicación; el de “la delincuencia”, con la que se acaba aumentando la videovigilacia y la presencia policial; o el de “el urbanismo”, contra el que sólo cabe la transparencia anticorrupción y la rapidez en la construcción de las infraestructuras urbanas.

Oficialmente, la falta de “fondo” que caracteriza a estos barómetros urbanos está determinada únicamente por razones de índole económica. El tiempo dedicado a cada entrevista, ya sea telefónica o presencial, está perfectamente parametrizado, evidentemente, para conseguir que sea el mínimo posible y disminuir los costes del estudio. De este modo, las preguntas, como no puede ser de otra forma, están preparadas para ser fácilmente comprensibles para el público, al que incluso se le incita a contestar rápidamente en algunas cuestiones para no “pensar” -y con ello no indefinir- las respuestas.

Así pues, a parte de la necesidad de síntesis de los resultados de cada estudio en un formato hiper-reducido, para que tengan cierta presencia mediática, la duración de las entrevistas que se realizan y el formato infantilizado de las mismas parecen ser los factores más determinantes para entender las aburridas y genéricas respuestas que se plantean como nuestros principales problemas urbanos; para entender porqué nunca se llega a plantear si uno de éstos problemas no será el formato de dichas investigaciones estadísticas o la infame labor de los medios de comunicación que las difunden y pagan; y para entender porqué las administraciones públicas, las instituciones, los medios de comunicación y los ciudadanos no detectamos las numerosas relaciones entre, por ejemplo, la ampliación de la piscifactoría de Quilmas y el urbanismo en Galicia.

El efecto de falsa participación y visibilización de nuestros problemas en el espacio público que producen estos estudios dificulta que los ciudadanos reclamemos otros espacios más directos de participación en la construcción de la ciudad. Los sociólogos y periodistas que realizan esta clase de documentos deberían ser conscientes de que son un eslabón crucial de la relación entre los ciudadanos y el futuro de su ciudad; que su trabajo, en estas condiciones de democracia representativa tan relativas, es el mecanismo más relevante de contacto con los partidos [corporaciones] políticas que intervienen en la ciudad más allá del acto simbólico de las elecciones; y que por lo tanto, deberían construir instrumentos de participación más adaptados a este papel y preguntarse: ¿es operativo el formato de encuestas que utilizan para describir el presente urbano? ¿fomenta o no la participación ciudadana en las cuestiones públicas? ¿cómo son utilizados estos estudios por los partidos políticos? ¿porqué no pedir preguntas razonablemente elaboradas dirigidas a los responsables políticos? ¿no merecería la pena aumentar el tiempo de los estudios para hacer una radiografía urbana más completa? ¿cómo hacer que la centralidad de las responsabilidades no recaiga siempre en la clase política? ¿es justo realizar las entrevistas para estos estudios únicamente en los nodos urbanos más poblados y no en el territorio que “sufre” muchas veces las consecuencias de las decisiones que allí se toman? ¿porqué no buscar ideas para la ciudad y fomentar la participación ciudadana en los campos de interés de cada individuo o colectivo?

Como urbanistas, aun no estamos en condiciones de similares reflexiones; ni nos interesa poner nuestro grano de arena real para que se exprese la ciudad, ni nos conviene definir “el urbanismo” de forma que se lo pueda evaluar públicamente; sólo una pregunta: ¿cómo es posible que a estas alturas de la película los urbanistas hallamos producido un entorno urbano plagado de espacios reglados para la colocación de “publicidad y promociones” que diría Gasset, y no para la expresión pública de las inquietudes y deseos ciudadanos, definitivamente relegados a su substitución por “abstracciones intermedias”, a la invisibilización, al espacio virtual, a la ilegalidad del graffiti “cutre”, a la pancarta de boda en la vía principal o a la pintada romántica [o guarra] de la puerta del servicio del bar?

El principal problema que nos encontramos entonces a la hora de intentar definir quién es el urbanismo es su descomposición contemporánea como problema urbano genérico y no evaluable. El problema de “el urbanismo” en Quilmas es que ya nada tiene que ver ni con el urbanismo ni con los diferentes planteamientos políticos. Evidentemente este no es un problema específico del urbanismo. El resto de disciplinas también han visto modificada su forma de relación con la ciudadanía a través de la mediación del mercado. Sin embargo, es preciso tomar conciencia de que los urbanistas si tenemos una mayor capacidad relativa de acción sobre la ciudad en comparación con otros colectivos profesionales o intelectuales.

Dos acciones precisas podrían ayudar a restituir [si es que alguna vez existió] una definición del urbanismo que asegure su operatividad en el presente. Por una parte, identificar y describir públicamente qué instituciones, colectivos e individuos son “el urbanismo” en la actualidad, y por otra, generar un espacio público contemporáneo que posibilite primero, una información urbana más sofisticada sobre cada una de sus intervenciones, y segundo, una capacidad de expresión ciudadana que permita, entre otras cosas, la evaluación de las mismas.

[1] Sobre este asunto, recomendamos la conferencia de Manuel García Docampo pronunciada durante el II Foro Internacional do Feísmo celebrado en Ourense los días 4,5 y 6 de Mayo de 2007 y disponible en la web: http://www.uvigo.tv/gl/serial/38.html

[2] MARRES, Noortje Suzanne; “No Issue, No Public. Democratic deficits after the Displacement of Politics”, WTMC [the Netherlands Graduate Research School of Science, Technology and Modern Culture] and the Faculty of Humanities of the University of Amsterdam, 2005, Amsterdam; p.68. [tesis doctoral accesible a texto completo en http://dare.uva.nl/document/17061]

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