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ERGOSFERA

residencial Bella Vista… su mejor inversión

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Varios estudiantes de la ETSAC llevamos unas semanas participando en unas asambleas que organiza el Centro Social Atreu! sobre el “problema de la vivienda”. A parte de dar a conocer esta necesaria iniciativa, e informar de que la participación en las asambleas, las acciones y las investigaciones que estamos comenzando a desarrollar es totalmente libre y abierta a ideas y sugerencias, consideramos necesario describir el punto de partida que vamos a utilizar como lanzadera, y que esperamos haga más viable la consecución de los objetivos principales de dicha iniciativa.

Para alejarnos lo más posible de los vulnerables tópicos acerca de esta clase de acciones pensamos que un campo de reflexión que hasta ahora no se ha trabajado por completo es la maravillosa habilidad que tenemos para olvidar nuestra capacidad crítica y escepticismo a la hora de enjuiciar la realidad que nos rodea. Así, una creciente cantidad de auténticas estupideces son aceptadas con total normalidad por la mayor parte de una población entregada sin remisión a los placeres que nos oferta el sistema. Caer en el fácil España es así no parece la respuesta definitiva a nada. Aunque si es cierto, y es bueno no olvidar, que vivimos en un país donde hay hasta dobles manifestaciones contra los atentados terroristas [antes de asistir debe usted mirar en el periódico los famosos lemas para ver cual combina mejor con su peinado de esta semana], en una comunidad donde lo importante para todos los gobernantes que podemos elegir es nuestro nombre como pueblo y recordarnos lo gallegos que somos como si fuéramos a olvidarlo continuamente, y en una ciudad que quiere ser la “ciudad de los museos” y que al ritmo que va pronto será el paradigma de los mojones de Kevin Lynch, siempre a base de las últimas tecnologías en ascensores, mástiles y banderas gigantes u obeliscos de estilo imperial minimalista. En fin, vivimos rodeados de una cantidad sin precedentes de noticias y publicidad que no tienen la más remota importancia, pero que al llenar el hueco de lo relevante hacen que este se borre de nuestras conciencias y vivamos sin hacernos más preguntas que las necesarias. El “problema de la vivienda” es uno de esos temas a los que ya nos hemos acostumbrado de tal manera que nuestros discursos [profesionales o no] se han convertido en la mejor forma posible de entretenimiento y consecuente apaciguación ciudadana. El ejemplo que a continuación se relata es sólo una más de las paradojas que nuestra sociedad admite como un caso aislado y que no tiene más relevancia que eso, ser un consumible visual más que permanecerá en nuestra retina hasta que aparezca el siguiente caso sorprendente del que poder hablar.

La cuestión es que más de una vez, en conversaciones sobre proyectos que me parecían poco ambiciosos he puesto el estúpido ejemplo de que por poder, podríamos vivir en casas de un metro de altura, tan sólo tendríamos que reacostumbrarnos a movernos a gatas en nuestras viviendas. Este ejemplo, que simplemente hablaba de no conformarse a priori con satisfacer las necesidades básicas a la hora de hacer proyectos de carácter residencial, se convirtió hace un par de meses en una absurda premonición de lo que nos ha tocado vivir. Un documental sobre el manido [y simultáneamente olvidado] tema de la vivienda relataba con total tranquilidad el siguiente caso. Jesús Barajas, que para más información es un ciudadano madrileño de unos 35 años y de estado civil soltero, ha comprado un piso de 19 m2 en su ciudad. En un momento en el que la administración propone pisos para jóvenes de unos 30 m2, y realmente pienso que se pueden hacer muy buenas arquitecturas en dicha superficie, lo que verdaderamente me sorprendió es el titular que acompañaba inferiormente a la triste y afligida cara de Jesús: “La vivienda ha cambiado su forma de moverse”. Si, si. Sin más. Por fin hemos dado ese importante paso evolutivo como especie. Jesús se desplaza por su recientemente adquirida casa lateralmente, pues sus espacios de circulación apenas alcanzan los 40 cm. Aunque el documental continuaba con otros casos de igual calado, desde sorteos de viviendas protegidas a los que asisten 80.000 personas, a titulares del estilo “Ainoa y Miguel no pueden casarse porque perderían el derecho a la vivienda” o “David y María: afortunados en el sorteo de pisos”, es el caso de Jesús el que me parece que toca más puntos del actual “problema de la vivienda”.

Porque en realidad este problema alcanza a tal cantidad de instancias de la sociedad que su complejidad se basa en que no se ha afrontado aún con una mirada globalizadora, por multifocal, no por genérica. Así, en este caso, es urgente dejar de pensar en términos de culpables y víctimas, pues las diferencias entre ellos se han difuminado de tal forma que nos deja sumisos en un panorama donde la capacidad de acción es mínima. Creemos así que es determinante implicar a todos los ciudadanos [e idear cómo hacerlo sin caer en el tópico llamamiento a la unión social contra los “malos” es ya un trabajo complejísimo] no solamente para que tomen posiciones en contra de las estructuras político-económicas que generan y agudizan el problema, sino para que tomemos conciencia de cómo nuestras decisiones individuales lo sostienen, perpetuando “inconscientemente” el sistema y empeorando la situación que precisamente con nuestros actos queremos evitar. Desde el padre de familia que compra un piso a cada uno de sus hijos para evitarles el “problema” [y si, lleva toda la vida trabajando para conseguir lo que tiene, pero eso no justifica nada], a la pareja de ancianos que no alquilan un piso que lleva años vacío por miedo a quién podrá ser su inquilino [claro que hay que actualizar las leyes a la realidad contemporánea, pero también hay que confiar un poco más en los demás], pasando por la pareja de recién casados que prefiere comprar un piso a alquilarlo cueste lo que cueste [porque hay que hacerse con un status social cuanto antes], el banquero que decide flexibilizar aún más las hipotecas que concede [siempre como “favor” a la sociedad, no como lucro empresarial], el arquitecto que se siente cómodo siendo el simple ejecutor técnico de los deseos personales de un promotor [el único principio inviolable es elegir la piedra que más nos guste para el aplacado] o Jesús Barajas, cuya educación y entorno social le ha hecho creer que “la vida es así” y más vale cambiar la manera de moverse que no poder adquirir una vivienda en propiedad… todos somos el verdadero grueso del “problema”. Porque en realidad, las decisiones políticas se basan en las preferencias del electorado y las económicas en las del consumidor. Y esos, queramos o no, somos todos.

Atacando a las inmobiliarias, las promotoras, los banqueros, los arquitectos, los políticos, etc. no se están consiguiendo grandes resultados porque desde sus reductos profesionales todo cuadra en el mecanismo asentado del sistema. Todos sabemos lo que está bien y mal respecto a este tema desde un punto de vista externo. Lo que no es tan sabido [en el mejor de los casos…] es la capacidad como ciudadanos que tenemos para modificar las inercias de dicha situación. Por eso las acciones que estamos comenzando a desarrollar estarán marcadas tanto por objetivos más cercanos a la denuncia convencional, pero de una forma reflexionada que parta de los datos empíricos que aporten las investigaciones, como por el objetivo de vincular las vidas profesionales y personales de todos los ciudadanos, de forma que la toma de decisiones pueda seguir siendo individual, pero que sus motivaciones partan siempre de una reflexión previa sobre sus consecuencias sociales y personales reales.

Por nuestra parte, como ergosfera, vamos a desarrollar una iniciativa complementaria a las que se van a realizar en los próximos meses en el Centro Social Atreu!. Se trata de un taller de investigación y desarrollo de propuestas sobre el tema de la vivienda desde un punto de vista que creemos que aun no ha sido experimentado de forma sofisticada, y que podría ser un buen complemento a otras respuestas al problema más contundentes y relevantes pero más complicadas de llevar a cabo a corto plazo. La cuestión es plantearse qué pasaría si expandiéramos el concepto vivienda al espacio público. En un contexto en el que las viviendas se hacen cada vez más pequeñas y compartir piso es una solución globalizada para enfrentarse a su absurdo precio, con la consecuente aparición de carencias en cuanto a lugares donde desarrollar actividades no convencionales ¿no podría ser una vía de escape, no de solución genérica, implementar en el espacio público la potencialidad de ser habitado con funciones domésticas? La vida contemporánea está marcada por una constante reactualización de los lugares donde realizamos nuestras funciones vitales y donde desarrollamos nuestros formas de ser más subjetivas. Así como los avances tecnológicos y el incremento del poder adquisitivo medio [de banalidades] han posibilitado que se privaticen funciones que antes sólo podían desarrollarse fuera del hogar, los nuevos modos de vida y la configuración de nuestros entornos urbanos han propiciado que otras funciones que antes se desarrollaban exclusivamente en las viviendas ahora se dispersen por toda la ciudad de forma temporal e inconexa. ¿Qué clase de experiencias domésticas pueden tener cabida en el espacio público? ¿Cuáles serían sus formas de apropiación y gestión? ¿Cómo se podrían aprovechar para conseguir otros objetivos sociales desde un punto de vista más filosófico? ¿Qué puede aportar una escuela de arquitectura a su ciudad de una forma propositiva y no condicionada por un encargo?…

Próximamente en www.ergosfera.org

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