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EUSKADINNOVA.NET / ENTREVISTA A JORDI BORJA

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>>Entrevista a Jordi Borja en euskadinnova.net

Vinculado a los movimientos ciudadanos barceloneses desde los años 60, Jordi Borja fue miembro del gobierno de Barcelona entre 1983 y 1995. Hoy es director del área de Gestión de la Ciudad y Urbanismo en la Universitat Oberta de Catalunya. Muy crítico con las políticas urbanísticas actuales de su ciudad, Barcelona, Borja es geógrafo y urbanista experto en ciudadanía y espacio público que ha trabajado como consultor en ciudades de Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. El autor de libros como La ciudad conquistada (2003) o Urbanismo en el siglo XXI, Barcelona, Bilbao, Madrid y Valencia (2004), estuvo el pasado 7 de marzo en Bilbao para hacer la conferencia inaugural del Congreso Trans/formaciones de AlhóndigaBilbao.

El último libro que estás escribiendo se llama Revolución urbana y derecho a la ciudad, ¿a qué te refieres cuando hablas del derecho a ciudad?

Lo que quiere decir es que en la ciudad las necesidades no se pueden resolver sectorialmente, por separado. De nada sirve proclamar el derecho a la vivienda si esto consiste en vivir en un polígono aislado, en un barrio cerrado o en una zona degradada y tampoco sirve de mucho tener derecho a la vivienda si no tienes también acceso a la movilidad, a una zona de centralidad próxima, etcétera. Así que el derecho a la ciudad incluye derechos específicamente urbanos como el transporte, los equipamientos o la vivienda, pero también derechos de carácter socioeconómico, político y cultural. Significa tener acceso a trabajo, a la educación y la salud pública, a la igualdad de derechos políticos,… Es un concepto complejo que sirve para orientar las políticas urbanas, que han de ser transversales, integrales y participativas porque al final la ciudadanía no es solo gente que vive en una casa y se mueve, sino que es todo a la vez.

Ya en los años 90 hablabas de la pérdida del espacio público. Hoy en día los colectivos ciudadanos y muchos urbanistas siguen denunciando la pérdida de los espacios colectivos, ¿se ha avanzado, o estamos igual que hace 15 años?

Hay tendencias contradictorias, por un lado es evidente que en general, y esto es algo que se ve en Bilbao, en Vitoria y en Donostia como en muchas otras partes, ha habido una recuperación de los espacios públicos en la ciudad central y en el caso de Bilbao la operación de la ría ha generado unos espacios públicos de calidad. Pero al mismo tiempo hay tendencias en el sentido contrario. Por una parte se ha ido creando la psicosis de la inseguridad, algo que es curioso porque por lo menos en Europa Occidental e incluso en Norteamérica, nunca en la historia de la humanidad había habido espacios tan seguros como las ciudades actuales. Y en cambio, en encuestas, en campañas mediáticas, etcétera, se habla constantemente del tema de la inseguridad.

Entonces ¿por qué tenemos una sensación de creciente inseguridad en las ciudades?

Eso tiene una parte de subjetivismo, los sectores medios que han mejorado mucho su calidad de vida de alguna forma temen perder algunos de estos elementos porque hay pequeña delincuencia urbana, hay pobreza, y eso genera malestar. Pero por otra parte también hay una manipulación, es una forma de evitar que haya un espacio público conflictivo. Eso lleva a una tendencia a la vigilancia de los espacios públicos, con lo cual parte de su aspecto informal, su condición de espacio donde la gente se pueda sentir libre, se pierde, y muchos espacios públicos son muy vigilados o con derecho de admisión. Así que tenemos dos realidades, una tendencia a una mayor cantidad y calidad de espacios públicos, pero al mismo tiempo una tendencia a privatizar y vigilar estos espacios.

Tú has sido muy crítico con la ordenanza cívica de Barcelona, que se hizo famosa por su carácter estricto. El año pasado Bilbao aprobó también una nueva ordenanza de civismo…

La de Barcelona fue la que inició una campaña e incluso fue copiada en ciudades de otros países como Italia. Yo personalmente creo que las ordenanzas cívicas son dignas de un gobierno fascista, no digo que quienes las hayan redactado sean fascistas, pero estas normas son fascistas en su concepción por dos razones, la primera porque practican una represión preventiva, es decir, la presencia en el espacio público ya lleva a la gente a ser sospechosa, y en segundo lugar porque criminalizan a colectivos sociales enteros, a los jóvenes, a los inmigrantes, a los pobres, etcétera. La de Barcelona es especialmente aberrante porque es una acumulación de comportamientos entre sí, están los que comen o beben en la calle, los que piden limosna, las personas sospechosas de prostitución, los que van en bicicleta,… Es totalmente inaplicable y la realidad es que en gran parte no se aplica, lo cual lleva a la arbitrariedad y además se dan casos extremos. Por una parte hay una retórica, diciendo “también es incívico practicar la xenofobia”, pero esto es muy genérico, y en un artículo posterior se dice que a aquellos inmigrantes en situación irregular que denuncien a otros sospechosos de cometer actos delictivos, el Ayuntamiento hará gestiones para facilitar su regulación. Imagínate los abusos a los que puede llevar una cosa así.

¿Crees que se puede encontrar un balance entre la normativa y la libertad de uso?

La cuestión es que tanto las normas existentes en el Código Penal como las normativas que ya tiene la ciudad dan medios más que suficientes para actuar ante comportamientos incívicos. Yo no digo que no haya que sancionar estos comportamientos, la gente que deteriora el mobiliario urbano claro que tiene que ser sancionada, pero muchas de las cosas que se dan en el espacio público tienen el origen en su riqueza, porque es un espacio que permite muchos usos y por lo tanto es evidente que algunos entrarán en contradicción. Si hay unos chicos que juegan al fútbol y unos viejecitos que están tomando el sol, ya tienes un conflicto. Pero estas situaciones dan lugar a la conciliación y a la mediación y muchas veces son las entidades ciudadanas o barriales quienes hacen la mediación y lo resuelven sin necesidad de aplicar sanciones.

Últimamente se habla mucho de la movilidad y de la necesidad de ahorrar energía en el transporte. En Euskadi predomina el uso del coche privado, ¿cuales crees que son las claves para ir hacia una movilidad más sostenible?

Yo lo resumiría en tres o cuatro puntos. Primero, hay que optar por la ciudad compacta, por el crecimiento continuado de los tejidos urbanos. En segundo lugar, tenemos que favorecer la mezcla de empleo y residencia, yo no digo que todo el mundo tenga que trabajar en el mismo barrio en el que duerme, pero sí una parte de la población, en la ciudad se tienen que hacer muchos desplazamientos a pie. En tercer lugar, hay que favorecer la existencia de nuevas centralidades, que no haya un centro que acumule todos los equipamientos y servicios de alto nivel, y por último, apostar por el transporte colectivo, por las energías más renovables y penalizar los grandes proyectos que fragmentan el territorio metropolitano, aquellas operaciones digamos fuera del tejido urbano que generan mucha más movilidad privada. El transporte público tiene que ser la forma normal de funcionar de la ciudad, al menos durante la semana laborable. Así que no se trata de una sola política, tiene que ser un conjunto que integre el urbanismo, el uso de energía y los comportamientos sociales.

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