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ERGOSFERA

archive for August, 2007

necesario pero no suficiente

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En un artículo publicado en 2003 en CIRCO Carlos Cachón hace un análisis de la situación actual de la arquitectura partiendo de las reflexiones de Peter Sloterdijk en su “Crítica de la razón cínica”. En él, describe nuestra posición ante la realidad como esa “falsa conciencia ilustrada” a través de la cual nos acercamos al mundo de una forma descreída, sabiendo de antemano que el mundo donde vamos a desarrollar nuestro trabajo no se rige por los mismos principios que nosotros. Este punto de confrontación inexorable con una realidad que nos supera por completo hace que nos refugiemos en el cinismo como último medio en el que poder mantener cierta capacidad operativa en el contexto actual.

La contemporánea obsesión por descubrir las potencialidades que generan las contradicciones del sistema, para utilizarlas en nuestro propio beneficio a la hora de enfrentarnos a un proyecto, quedaba de repente explicada: “los cínicos no se posicionan, hacen uso de estrategias”. El problema llega cuando se define nuestro campo de operaciones como limitado a los movimientos del sistema. Más como una reacción que como una acción. Es este el momento en el que inevitablemente descubrimos dónde está nuestro problema. Como el propio autor revela, esta nueva actitud no conforma un movimiento, sino que sería la actualización del Movimiento Moderno, y cuya virtud principal ha sido darle peso a la inconsistencia de las metodologías de proyecto postmodernas mediante un simple cambio de actitud ante la misma estrategia. Donde antes había una “conciencia cínica postmoderna”, que utilizando recursos semejantes se sentía satisfecha por los resultados en si mismos, hoy se situaría la “conciencia cínica moderna”, que partiendo de las mismas estrategias tendría unos fines más ambiciosos y éticos.

El problema salta a la vista si nos planteamos que de ser cierta la hipótesis de Carlos Cachón significaría que se produce la convergencia entre los estudios convencionales [definidos hasta ahora por unas intenciones puramente de mercado] y los que han traspasado la barrera de la importancia “cultural” en la opinión pública [al menos -por ahora- en la del público arquitectónico…]. Si esta actitud es el elemento que por fin une metodológicamente a todos los encargados de construir el mundo, las diferencias entre unos estudios y otros pasarían a ser cuantitativas y no ideológicas. Si partimos de que nuestra “aportación” a la sociedad [política] está regulada mediante mecanismos legales que garantizan unos mínimos, sería posible establecer que sólo nos diferenciamos en el tamaño [ni si quiera en la cualidad] de ese pequeño “regalo” de pensamiento intencionado que aportamos a mayores en cada uno de los proyectos en los que participamos como técnicos. Pues nuestra labor actual nos relega a un papel de espectadores pasivos ansiosos porque el presentador del programa nos nombre para salir a concursar.

Es cierto que el autor es consciente de esta visión de la realidad, pero no parece que ello le haga darse cuenta de que esa “falsa conciencia ilustrada moderna” afirma con una rotundidad contundente la existencia del punto de partida que precisamente quiere negar y trascender por ser conservador. Si dependemos de las acciones del sistema para idear inteligentemente nuestras reacciones e intentar desestabilizarlo desde dentro es desde luego porque tan sólo somos una parte ejecutora de los designios de algún ente “superior”, y únicamente podemos refugiarnos en la consecución de “lo diferente”, por otra parte objetivo primordial del mismo postmodernismo que sanciona el autor. Cuando se critica a Josep Quetglas por su visión de la situación profesional del arquitecto en la que ya no es el autor de la arquitectura sino un técnico parcial, no parece dársele demasiada importancia a uno de las conceptos clave de la cita de Quetglas: “la iniciativa del proyecto no es del propio arquitecto”. Como dice Terry Eagleton refiriéndose al error de una parte de las teorías que fundamentan el ateismo: “El verdadero reto es construir una versión de la religión que realmente valga la pena rechazar. Y esto tiene que empezar por rebatir el mejor ejemplo del oponente, no el peor” [1].

La cuestión de la iniciativa es la que nos hace plantearnos hasta qué punto esta metodología de trabajo es eficaz en lo que respecta a la consecución de los objetivos que tiene definidos. Más allá incluso de los propios objetivos, que como hipótesis vamos a plantear que son compartidos por todos, es decir, un infinito “hagamos un mundo mejor” pero en la versión para adultos.

La definición del mundo que lleva implícita la reflexión de Carlos Cachón es la aceptación de que el mundo se ha quedado sin agujeros más allá del sistema. Sobre este tema también ha reflexionado Alejandro Zaera en un artículo [2] publicado en 1998 en el que trataba de generar un mapa busca-nichos pero dentro y a través del propio panorama de la arquitectura contemporánea. Sin embargo, creemos que aún no es demasiado ingenuo pensar que es posible que queden determinadas zonas de sombra [y por tanto desvinculadas biológicamente del sistema] más allá de las fisuras de las que desde luego un análisis un poco complejo daría constancia con precisión. Pero la clave para explotarlas no pasa por esperar a reaccionar cuando el sistema las detecte y actúe, sino muy al contrario, pasa por actuar con antelación.

La iniciativa es lo único que el sistema realmente no espera. Y de hecho, es lo que más teme. El sistema está estructurado para generar el mayor cambio posible, pues el dinero es el único concepto realmente idealista, no apegado a ningún fin determinado ni constante. Y el único momento en la que la mayoría de los proyectos humanos son realmente independientes del mismo es antes de ser detectados, por eso el cambio debe ser controlado, porque las intervenciones autónomas pasan por un momento crítico para el sistema en el que éste no tiene constancia de su presencia, lo que demuedstra su finitud aunque sea por un pequeño espacio de tiempo. Por mucho que seamos capaces de averiguar sus puntos débiles, cada una de las inconexas situaciones en las que nos permitirá actuar estará limitada de una forma crucial por sus normas del juego, y nuestra libertad teórica se convertirá en un pasatiempos bienintencionado cuyos resultados son inexistentes hasta que una de las chispas que prendamos desencadene el ansiado efecto en cadena que buscamos.

No se está criticando aquí este nuevo modus operandi. Tan sólo creemos que a parte de condicionar su operatividad a cuestiones como la definición de sus objetivos, no se debería considerar como la única posibilidad de confrontación con el contexto actual [y de hecho el propio autor deja claro al final del artículo sus dudas acerca de completa validez de esta actitud arquitectónica].

Quizás no se trate de dejar de ser por fin exclusivamente técnicos, sino de ser capaces de generar momentos autónomos donde sencillamente no serlo en absoluto. Es precisamente en el momento en el que pensamos el mundo política e ideológicamente desde fuera cuando de verdad podremos detectar esa belleza intrínseca de la ciudad de la hablan Ábalos y Herreros en sus “7 Micromanifiestos” [3]. Es a través de una mirada activa [no sólo reflexiva] y simultáneamente dentro-fuera como podremos operar en el mundo conectando con la sociedad sin mediación del sistema.

Desde luego que somos “falsas conciencias ilustradas” que rechazan el sistema que mueve al mundo. Desde luego que trabajamos estratégicamente para desestabilizarlo desde dentro. Y desde luego que tenemos que lograr vislumbrar los potenciales de la ciudad contemporánea más allá de las críticas banales con las que nos educamos. Pero el hecho que refleja Quetglas cuando habla de aspecto de “inactualidad y de obediencia” [4] que refleja una gran parte de la arquitectura contemporánea debería hacernos reflexionar acerca de si esto es suficiente. Quizás no se trate tampoco únicamente de lograr posicionarnos e intervenir sin que medie un encargo del sistema. Quizás sea por fin el momento de plantearnos si en lo que deberíamos concentrarnos es en proyectar las condiciones que producirían otros encargos… “El terrorista perfecto es una especie de dadaísta que no golpea a este o aquel determinado fragmento de significado, sino al significado como tal” [5].

[1] EAGLETON, Terry; Después de la teoría; Debate, Referencias, Barcelona, 2005; p.184.
[2] ZAERA, Alejandro; Un mundo lleno de agujeros; En El Croquis 88/89 “Worlds I”.
[3] ÁBALOS, Iñaki; HERREROS, Juan; Una nueva naturalidad (7 Micromanifiestos); En 2G n.22 “Ábalos & Herreros”.
[4] QUETGLAS, Josep; Opiniones ajenas.
[5] EAGLETON, Terry; Después de la teoría; Debate, Referencias, Barcelona, 2005; p.222.

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