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ERGOSFERA

archive for July, 2007

arriba periscopio

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A lo largo del siglo XX y el XXI todas las profesiones e instituciones han ido perdiendo relevancia en la construcción del mundo en favor del capital. Sin embargo, muchas disciplinas, aún habiendo perdido capacidad de decisión, si han sabido mantener una relación directa entre las cualidades de su excelencia y la valoración que el capital hace de las mismas. Por ejemplo, puede que el sistema neoliberal intente privatizar la sanidad por medio de todo tipo de prácticas sin fundamento y argumentos peregrinos, pero a ninguno de sus adalides se les pasaría por la cabeza bajar su nivel o disminuir su eficacia hasta llegar a la barreras morales o ideológicas, “tan sólo” pretenden conservar y ampliar la situación privilegiada de algunos haciendo que su nivel de excelencia sólo pueda ser alcanzable por las clases económicamente mejor situadas, que además consiguen de rebote una nueva distinción social. Lo mismo ocurre con la industria automovilística, hotelera, textil o con casi cualquier otro campo profesional. El sistema busca diferenciar a las personas mediante su nivel de renta al condicionar su acceso a los productos más cualificados, pero intentando en todo momento que la calidad de dichos productos sea proporcional a su valoración monetaria, aunque esta proporción sea transfigurada constantemente para responder a las modas temporales.

En el caso de la arquitectura y el territorio, y más específicamente en el campo de la arquitectura residencial, esta situación sencillamente no existe. Las diferencias entre una vivienda de un precio elevado y cualquier otra pueden resumirse en tres parámetros fácilmente mensurables: la situación respecto a una serie de nodos urbanos, la superficie útil en metros cuadrados y el acabado interior de las estancias. Lo que tiene precio es la situación, el tamaño y la construcción, no la arquitectura. La situación nunca es un escollo porque responde a factores que no son considerados como coercitivos, pues se parte de la suposición o más bien de la promesa de libertad de movimiento que hizo y hace la industria del automóvil. Se podría considerar que el automóvil privado se ofrece como una extensión de la casa que no viene incluida en la oferta inmobiliaria. Y el tamaño y la construcción no hacen preguntas incómodas sobre nuestros modos de vida. Tampoco dependen de decisiones que puedan parecer subjetivas a un sistema perfectamente engranado. Y además no necesitan ser explicados. Porque todos “sabemos” [así nos lo han enseñado] que la arquitectura no debe ser explicada a sus usuarios a no ser que sea mala arquitectura. En este sentido, la construcción convencional sólo necesita ser publicitada como situada a 5 minutos de algo [que varía según el estado de la opinión pública y la situación entre el centro comercial, la playa o el centro urbano], a 10 minutos de otra cosa sin ninguna importancia, disponer de x metros cuadrados con una “amplísima” gama de posibilidades de elección de número de dormitorios, y con unos acabados que tan sólo pueden ser o bien de primera o bien de primerísima calidad. Evidentemente ninguno de estos parámetros tiene que ser explicado a nadie. Y por tanto nadie tiene que hacerse ninguna pregunta sobre su modo de vida urbano y sobre sus inquietudes como ciudadano. Se da rápidamente por supuesto que con estos tres datos objetivos y su valor en euros, más una fugaz visita para comprobar las vistas y la grifería [visita que ya es común que sea a una maqueta escala 1:1], ya podemos evaluar perfectamente si es lo apropiado para acoger nuestra nueva vida en libertad.

De esta manera los modos de vida propuestos sólo son referenciables al sistema productivo en el que nos movemos, pues como ya ha sido introducido por varios autores, el tiempo de consumo es tiempo de producción al igual que el laboral. Y las excepciones a la norma vienen siempre desde propuestas de viviendas ligadas al consumo de una determinada forma de vida ociosa al que casi toda la ciudadanía aspira, para disfrutar de la verdadera vida al margen de sus trabajos. En este punto es donde adquieren una relevancia sin precedentes obras como La buena vida de Iñaqui Ábalos, en donde el programa residencial no se explica basándose en las referencias arquitectónicas que los han generado, sino que son éstas las que se explican a partir de los programas vitales y las concepciones del mundo y la sociedad a las que se ha buscado dar forma mediante arquitectura. Y lo más importante es darse cuenta de cómo ambas maneras de entender la vivienda son las que la forman simultáneamente. Cómo se produce paralelamente la construcción de la casa y del individuo que la habita. Y es ahí donde la arquitectura residencial se encuentra atrapada actualmente. En un punto cualquiera de un mundo virtual que se ha generado entre todos y en el que sólo cabe huir hacia delante cada vez que se detecta un problema, un fallo en el sistema. Y claro, como se trata de un mundo virtual, sin límites definidos, y sin puntos de referencia reales, todo el movimiento que se produce es a ciegas. Si se construye demasiado en el litoral, prohibimos construir temporalmente hasta que sepamos que hacer [pero nos aseguramos de avisar 6 meses antes de la aplicación de la ley para que tampoco se pare completamente el sistema]. Si se agudiza el problema del acceso a la vivienda, construimos viviendas de 30 metros cuadrados. Si se producen atascos en los accesos a la ciudad, construimos una vía de circunvalación o aumentamos los carriles existentes. Si Santiago construye la ciudad de la cultura, La Coruña [La Voz de Galicia] exige y consigue el Centro de Ocio. El sistema jamás se pone en entredicho. Los modos de vida son los que son porque han sido decantados a lo largo de miles de años de evolución, y ésta, al estar en nuestras subjetividades tan ligada a la idea de progreso, no puede ser puesta en crisis sin “matar” a demasiados “padres”.

Esta situación es día a día fomentada en las instituciones creadas al amparo del positivismo más fundamentado. Así, como ya ha sido decidido que la evolución y el progreso construirán por si mismas el futuro ideal y sin injusticias sociales que anhelemos, la Universidad ha sido liberada de las preguntas más fundamentales respecto a la existencia humana, y se ha convertido en un simple instrumento más del sistema. Quizás una herramienta cualificada pero nunca un arma autodestructiva y con capacidad de autocrítica. No hay nada que poner en crisis porque “sabemos” que en el futuro la propia evolución superará definitivamente nuestros actuales problemas. En este sentido, la gran deficiencia del sistema educativo en las Escuelas de Arquitectura es que se ha olvidado por completo la docencia y el interés por la lectura del mundo contemporáneo. Todo nuestro instrumental de interpretación está predeterminado. No es ni actual ni personal sino heredado. Así, el talento arquitectónico pierde todo su valor trasgresor, pues sólo se “maneja” en un contexto de variables muy limitadas en cuanto a la trascendencia sociocultural real de las acciones proyectadas. Se educa a un arquitecto sumiso a los requerimientos que hace “flotar” el sistema y no a ciudadanos críticos con su entorno con capacidad de interacción independiente.

A partir de aquí, mientras vivamos en este mundo de posibilidades tan abrumadoramente limitado no podremos pensar la vivienda como el proyecto de un modo de vida determinado. Habitamos las viviendas y ellas nos habitan a nosotros. El proyecto residencial es quizás el más ideológico de los que afronta un arquitecto. Pero dada su importancia como rótula que necesita el sistema ha sido desposeído por completo de este fundamento. Construirlo es una de esas nuevas tareas que se nos ofrecen a los arquitectos contemporáneos. Y para hacerlo, necesitamos elaborar periscopios que se asomen fuera de ese mundo virtual autoinfligido en el que nos sentimos tan cómodos haciéndonos preguntas cuya respuesta nos importa una mierda. Porque sabemos que bajo la cuerda sobre la que caminamos hay red. Que en el mundo virtual posicionarse no implica tomar riesgos porque nadie muere. La realidad es un constructo cultural al igual que el territorio o la vivienda. Y su futuro no está cerrado por la objetividad. Será lo que quiera ser el presente. Llámame puta… y tú llámame Danny Glober.

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