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archivos de la categoría < [ 07 / 08 ] KILL+PEIXES >

FORO KILL+PEIXES

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Desde hace unos meses estamos desarrollando una investigación propositiva sobre el modelo territorial de implantación de la acuicultura marina en Galicia, y sobre el caso particular de la ampliación de la piscifactoría de Quilmas [Carnota]. El proyecto kill+peixes se encuentra en un momento de producción de documentos que “empaqueten” la gran cantidad de información inconexa que circula sobre el asunto en los diferentes medios de comunicación.

Creemos que uno de los problemas es que en el contexto de desinformación y fragmentación de los mensajes en el que nos encontramos no es posible abordar el problema de una forma global-racional, con lo que multitud de enfoques no llegan a ser nunca planteados por la aceleración de los tiempos en los que se hacen declaraciones políticas, se redactan leyes, se producen fusiones empresariales, se organizan manifestaciones populares, etc.

Por ejemplo, aun no se ha planteado ni el problema de la industrialización tardía en territorios “desarrollados” como el nuestro, y que nos hace basamos en ideas y parámetros procedentes de otras épocas para la construcción del presente, ni el problema de la falta de trasfondo y gestión política de las leyes sectoriales de aplicación supramunicipal, que produce una peligrosa situación de poder de los nodos urbanos más potentes sobre sus “periferias” territoriales, únicamente a través del miedo y las promesas de desarrollo futuro; tampoco se han planteado posibilidades alternativas de implantación de sistemas industriales en parajes territoriales y sociales “delicados”, es decir, ni se han dado ideas “seductoras” a las empresas para hacer que repiensen su modus operandi, ni se ha solucionado el problema de dependencia económica de ciertos territorios tras la crisis de las estructuras de trabajo tradicionales.

En medio de la controversia generada por la publicación del Plan Galego de Acuicultura, el proyecto kill+peixes pretende servir como plataforma de ideas alternativas a una realidad que ya no convence a casi nadie. Es por ello que nos gustaría poner en marcha un foro donde diferentes actores implicados [desde los empresarios, a los políticos, los arquitectos, los urbanistas, las instituciones, las asociaciones ecologistas, los colectivos vecinales y sobre todo los ciudadanos] aporten ideas y comentarios sobre el desarrollo futuro de la acuicultura; tanto desde un punto de vista territorial, como del caso concreto de cada piscifactoría.

En el foro se irán planteando preguntas, algunas de ellas expresamente dirigidas a determinados actores de la controversia sobre la acuicultura marina, e ideas, también por nuestra parte, que esperamos ayuden a dinamizar el debate.

El motivo de este post es invitaros a participar en este debate abierto sobre el futuro de la acuicultura de una forma propositiva y antagonista a lo que unos y otros consideramos como “lo establecido”.

Esperamos vuestra colaboración.

Muchas gracias.

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¿quién es el urbanismo en quilmas? [i]

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> El urbanismo como problema no evaluable o ¿porqué no sabemos quién es el urbanismo?

En los últimos años, “el urbanismo” ha ido escalando posiciones hasta colocarse en los primeros puestos entre las preocupaciones ciudadanas que cuantifican las diferentes encuestas y sondeos publicados por los medios de comunicación. La aparición de esta nueva inquietud ciudadana, se sitúa en un contexto de aparente interés por parte de las administraciones públicas en la reflexión sobre la práctica del urbanismo en el siglo XXI.

Sin embargo, este interés no se corresponde con una visión global de Galicia como realidad territorial en la que diferentes nodos urbanos se relacionan entre ellos y con el resto de nodos globales; mientras el gobierno autonómico y las diferentes administraciones provinciales y locales promueven eventos puntuales como el Congreso Internacional de Territorio y Urbanismo o los Encontros Internacionais de Arquitectura, anuncian estudios sobre el futuro modelo territorial o sobre la creación de figuras administrativas para “nuevas” entidades urbanas, patrocinan exposiciones como Bordes de mar en Galicia, y producen campañas de concienciación sobre la importancia de la ordenación del territorio, la realidad urbanística de Galicia sigue sin encontrar su lugar en ningún proyecto sociopolítico serio y de carácter público.

El asepticismo y la falta de crítica, sobre todo de autocrítica, de la que adolecen los comunicados oficiales y las campañas publicitarias institucionales, se encuentran con una opinión pública enormemente influenciada por la continua aparición de noticias en todos los medios de comunicación relacionadas con el tema; ya sea de forma explícita, casi siempre en relación a la corrupción, a las inauguraciones preelectorales o las polémicas generadas por las grandes infraestructuras; en forma de pseudo-invención “periodística” intencionada, tipo “el feísmo” de La Voz de Galicia [1] o las disputas entre territorios y ciudades por la asignación de competencias; en forma de artículos de los “opinadores” oficiales, que casi nunca retratan toda la complejidad del tema al carecer de una formación global; o ya sea, las menos veces, en forma de discretas denuncias ciudadanas de problemáticas muchas veces aparentemente locales.

Todas estas noticias han ido poco a poco haciendo mella en la opinión pública hasta convertir al urbanismo en un asunto de debate común completamente desvirtuado, debido a un sistema de mediación básicamente normalizado por los diferentes actores privados cuyo objetivo es la preservación de sus intereses. Así, a través de una abstracción conceptual que lo desvincula de todas sus realidades asociadas, más allá de su finalidad como técnica económica, “el urbanismo” se convierte en una simplificación banal como problemática urbana únicamente vinculada a los diferentes posicionamientos puntuales de cada uno de los partidos políticos.

En medio de este proceso de desinformación -por sobreinformación e instantaneización- que marca todos los “debates” que presenciamos continuamente, tanto en los medios de comunicación como en las conversaciones cotidianas, se ha producido un estado de opinión pública como el descrito por la socióloga Noortje Marres en su tesis “No Issue, No Public” [2], en donde habla de cómo una parte de los estudios sociológicos actuales señalan que hoy en día no existe un posicionamiento ideológico previo al debate político, sino tan sólo asuntos sobre los que se opina y tras los cuales se toman posiciones.

Esta situación se convierte en un caldo de cultivo inmejorable para que en cada uno de los “debates de actualidad” referentes a cuestiones territoriales o urbanísticas resulte muy complicado opinar según criterios razonados y de carácter global, sino que tan sólo nos basemos en nuestros propios intereses, cuando éstos pueden transcribirse fácilmente en repercusiones económicas, o en las hipótesis mejor distribuidas en los medios de comunicación de masas por los interesados en cada una de las cuestiones en particular.

El urbanismo no escapa de esta tendencia infantilizante y se transforma en una palabra comodín, por supuesto sin “cara” visible, a la que la ciudadanía puede recurrir básicamente para culpabilizarla de la corrupción, de la falta de servicios e infraestructuras o de las molestias ocasionadas por las obras, y en menor medida para relacionarla con el precio de la vivienda, el “feísmo” o las controversias generadas por la redacción de los planes generales de ordenación municipal. En el caso de los colectivos y asociaciones, “el urbanismo” siempre se relaciona con una determinada reclamación específica, ya sean los promotores, para los que “el urbanismo” es la administración pública que interviene en el perfecto desarrollo del libre mercado, ya sean los grupos ecologistas, para los que se trata de la administración que permite la destrucción del medio “natural”. En cualquier caso, “el urbanismo” es siempre un problema de una determinada administración pública y, principalmente, del partido político a cargo del gobierno.

Ni rastro de preocupaciones sobre la construcción contemporánea del espacio público, la gestión arquitectónica de la ciudad existente y su complejidad programática, la aplicación de criterios razonables de densidad y posición de los nuevos crecimientos urbanos, la participación ciudadana en la redacción de los planes urbanísticos, la influencia en los mismos de determinados grupos de presión, la segregación y defensa de zonas destinadas a colectivos ciudadanos exclusivos, la reproducción en formato “seguro” de la ciudad en las simulaciones comerciales, la construcción de las zonas productivas como “cara b” de la ciudad, los cambios producidos por las nuevas formas de relación social, o un sin fin de temas que se escapan continuamente de la reflexión sobre la ciudad y el urbanismo.

En este sentido, las encuestas ciudadanas de las que hablábamos al principio parecen funcionar como uno más de los elementos destinados a producir un estado general de falsa participación en las problemáticas urbanas, que incluso se intenta vender como una necesidad de las ciudades para subsistir sin cambiar radicalmente el formato de sus instituciones públicas. Los barómetros urbanos que realizan empresas privadas, muchas veces asociadas a medios de comunicación, o el propio CIS se convierten en plataformas de la “abstracción intermedia”, es decir, en refugios para conceptos abstractos desvinculados, tanto de sus efectos más palpables en la realidad urbana, como de las causas globales que los producen.

Éstos conceptos, cuya única condición exigible es que sean fácilmente comprensibles, en apariencia, para la mayoría de la población, y que consecuentemente tienen que simplificarse y aislarse como problemas autónomos, construyen una realidad ciudadana muy simple y predispuesta a recibir soluciones de similar simpleza y banalidad; por ejemplo, el problema de “el tráfico”, que se soluciona construyendo más parkings públicos y aumentando la capacidad de las vías de comunicación; el de “la delincuencia”, con la que se acaba aumentando la videovigilacia y la presencia policial; o el de “el urbanismo”, contra el que sólo cabe la transparencia anticorrupción y la rapidez en la construcción de las infraestructuras urbanas.

Oficialmente, la falta de “fondo” que caracteriza a estos barómetros urbanos está determinada únicamente por razones de índole económica. El tiempo dedicado a cada entrevista, ya sea telefónica o presencial, está perfectamente parametrizado, evidentemente, para conseguir que sea el mínimo posible y disminuir los costes del estudio. De este modo, las preguntas, como no puede ser de otra forma, están preparadas para ser fácilmente comprensibles para el público, al que incluso se le incita a contestar rápidamente en algunas cuestiones para no “pensar” -y con ello no indefinir- las respuestas.

Así pues, a parte de la necesidad de síntesis de los resultados de cada estudio en un formato hiper-reducido, para que tengan cierta presencia mediática, la duración de las entrevistas que se realizan y el formato infantilizado de las mismas parecen ser los factores más determinantes para entender las aburridas y genéricas respuestas que se plantean como nuestros principales problemas urbanos; para entender porqué nunca se llega a plantear si uno de éstos problemas no será el formato de dichas investigaciones estadísticas o la infame labor de los medios de comunicación que las difunden y pagan; y para entender porqué las administraciones públicas, las instituciones, los medios de comunicación y los ciudadanos no detectamos las numerosas relaciones entre, por ejemplo, la ampliación de la piscifactoría de Quilmas y el urbanismo en Galicia.

El efecto de falsa participación y visibilización de nuestros problemas en el espacio público que producen estos estudios dificulta que los ciudadanos reclamemos otros espacios más directos de participación en la construcción de la ciudad. Los sociólogos y periodistas que realizan esta clase de documentos deberían ser conscientes de que son un eslabón crucial de la relación entre los ciudadanos y el futuro de su ciudad; que su trabajo, en estas condiciones de democracia representativa tan relativas, es el mecanismo más relevante de contacto con los partidos [corporaciones] políticas que intervienen en la ciudad más allá del acto simbólico de las elecciones; y que por lo tanto, deberían construir instrumentos de participación más adaptados a este papel y preguntarse: ¿es operativo el formato de encuestas que utilizan para describir el presente urbano? ¿fomenta o no la participación ciudadana en las cuestiones públicas? ¿cómo son utilizados estos estudios por los partidos políticos? ¿porqué no pedir preguntas razonablemente elaboradas dirigidas a los responsables políticos? ¿no merecería la pena aumentar el tiempo de los estudios para hacer una radiografía urbana más completa? ¿cómo hacer que la centralidad de las responsabilidades no recaiga siempre en la clase política? ¿es justo realizar las entrevistas para estos estudios únicamente en los nodos urbanos más poblados y no en el territorio que “sufre” muchas veces las consecuencias de las decisiones que allí se toman? ¿porqué no buscar ideas para la ciudad y fomentar la participación ciudadana en los campos de interés de cada individuo o colectivo?

Como urbanistas, aun no estamos en condiciones de similares reflexiones; ni nos interesa poner nuestro grano de arena real para que se exprese la ciudad, ni nos conviene definir “el urbanismo” de forma que se lo pueda evaluar públicamente; sólo una pregunta: ¿cómo es posible que a estas alturas de la película los urbanistas hallamos producido un entorno urbano plagado de espacios reglados para la colocación de “publicidad y promociones” que diría Gasset, y no para la expresión pública de las inquietudes y deseos ciudadanos, definitivamente relegados a su substitución por “abstracciones intermedias”, a la invisibilización, al espacio virtual, a la ilegalidad del graffiti “cutre”, a la pancarta de boda en la vía principal o a la pintada romántica [o guarra] de la puerta del servicio del bar?

El principal problema que nos encontramos entonces a la hora de intentar definir quién es el urbanismo es su descomposición contemporánea como problema urbano genérico y no evaluable. El problema de “el urbanismo” en Quilmas es que ya nada tiene que ver ni con el urbanismo ni con los diferentes planteamientos políticos. Evidentemente este no es un problema específico del urbanismo. El resto de disciplinas también han visto modificada su forma de relación con la ciudadanía a través de la mediación del mercado. Sin embargo, es preciso tomar conciencia de que los urbanistas si tenemos una mayor capacidad relativa de acción sobre la ciudad en comparación con otros colectivos profesionales o intelectuales.

Dos acciones precisas podrían ayudar a restituir [si es que alguna vez existió] una definición del urbanismo que asegure su operatividad en el presente. Por una parte, identificar y describir públicamente qué instituciones, colectivos e individuos son “el urbanismo” en la actualidad, y por otra, generar un espacio público contemporáneo que posibilite primero, una información urbana más sofisticada sobre cada una de sus intervenciones, y segundo, una capacidad de expresión ciudadana que permita, entre otras cosas, la evaluación de las mismas.

[1] Sobre este asunto, recomendamos la conferencia de Manuel García Docampo pronunciada durante el II Foro Internacional do Feísmo celebrado en Ourense los días 4,5 y 6 de Mayo de 2007 y disponible en la web: http://www.uvigo.tv/gl/serial/38.html

[2] MARRES, Noortje Suzanne; “No Issue, No Public. Democratic deficits after the Displacement of Politics”, WTMC [the Netherlands Graduate Research School of Science, Technology and Modern Culture] and the Faculty of Humanities of the University of Amsterdam, 2005, Amsterdam; p.68. [tesis doctoral accesible a texto completo en http://dare.uva.nl/document/17061]

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asalto a la contingencia de quilmas

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1_ Contradicciones en torno al concepto de naturaleza

Hasta la Revolución Industrial, el concepto de naturaleza se mantiene cohesionado en torno a ideales mutables en el tiempo, pero unitarios y vinculados a nuestras decisiones político-económicas, en parte debido a la “escala” reducida, cualitativa y cuantitativamente, de sus interacciones con las actividades humanas. A partir de ese momento nuestra definición de la naturaleza se escinde en un doble y contradictorio significado.

Si por una parte, se trata del elemento clave a través del cual desarrollamos nuestros modos de producción, es decir, es un concepto ideológicamente abstracto cuyos recursos explotamos sin control a través de la tecnología para generar plusvalías, por otra parte, se trata de la gran idea consoladora del espíritu urbano, y se conceptualiza como ese conjunto de lugares ya no tan abstractos mediante los cuales nos redimimos de los males alienantes de la ciudad, ya sea devastándolos mediante el turismo masivo o venerándolos a través de la sobreprotección y su visualización documentada.

En un estado mediático en equilibrio inestable entre estas dos conceptualizaciones contradictorias, el cinismo se convierte en el único instrumento ideológico con el que es posible sostener las decisiones políticas y las opiniones ciudadanas vinculadas a la naturaleza. Y como el cinismo expuesto de forma directa no es asumible para la moral asociada a la cultura occidental, se opta por un cinismo indirecto, que parte de deshacer la contradicción dividiéndola en dos sistemas diferenciados, el económico y el físico [1], de forma que sus fricciones sólo se revelen como hechos puntuales y no como cuestiones generales capaces de poner en crisis el concepto global.

En el momento en el que esta desvinculación se encuentra con el capitalismo dos cuestiones marcan la consiguiente priorización de lo económico sobre lo físico. Por una parte, lo económico descubre su doble condición real-virtual, que a su vez lo dota del estatus de local y global, mientras que lo físico es en principio un “valor” únicamente local, con lo que su relevancia es inevitablemente menor; en torno a una controversia física siempre habrá más poder de decisión externo que local. Por otra parte, la educación que recibimos en las escuelas y a través de los medios de comunicación también configura nuestra manera de entender esta separación, y al partir siempre desde un punto de vista pasivo en cuanto al mundo físico, de conocedor u observador, y activo o práctico en cuanto al económico, estamos predispuestos a entender la primacía del “lenguaje” que podemos utilizar más que el que sólo podemos escuchar. La naturaleza se ve o se disfruta. Con la economía se “vive”.

Además, este proceso de separación estructural entre el mundo físico y el económico se encuentra en un periodo de aceleración debido a la difusión planetaria del “reduccionismo monetario” [2]. El economista José Manuel Naredo explica claramente en Raíces económicas del deterioro ecológico y social cómo el continuo traspaso de relevancia desde el sistema de las economías reales, basadas en la generación de bienes y servicios, al sistema financiero-especulativo ha producido que la grieta entre ambos mundos sea cada vez más grande. Este paso de la primacía de lo económico a lo financiero pone mucha más distancia entre los intereses monetarios y sus repercusiones en el territorio, pues al virtualizarse las transacciones se produce la homologación de todos los “productos” bajo una simple cifra monetaria, lo que genera que las repercusiones de cada movimiento financiero puedan definirse mediante una sencilla operación matemática, al margen de toda consideración social o ambiental.

En la actualidad, las etiquetas ecológico® o sostenible® han sido incluidas en todas las agendas políticas de los gobiernos occidentales. Sin embargo, esta insólita situación se ha producido únicamente debido a la presión de un pequeño porcentaje de la población que, a través de las diferentes organizaciones ecologistas, ha logrado generar un estado de opinión pública favorable a la conservación del mito de la naturaleza.

El problema es que esta sensibilización creciente de la sociedad sólo se sostiene de un modo negativo: bien a través del miedo a perder el patio de atrás, ese nuevo espacio público que representa la naturaleza para los habitantes de la ciudad, y que ponen en peligro la contaminación o la excesiva urbanización; bien a través del miedo a destruir el planeta como lugar que privilegia la vida, básicamente debido al cambio climático y sus consecuencias.

Al no haberse producido el necesario cambio de mentalidad ideológica en cuanto a nuestros modos de cohabitación, sino que sólo ha aparecido una nueva preocupación ciudadana-electoral [fácilmente superable con un buen diseño gráfico “verde adormecedor” hasta la hora los fuegos artificiales], aún no hemos conseguido desprendernos del paradigma intelectual que desvincula al mundo físico del económico.

Y esta separación, que está también relacionada con otras cuestiones fundamentales para entender el sistema que habitamos [y que ya pasan inadvertidas para las tertulias radiofónicas y las columnas periodísticas “de autor”], como la relación entre el valor de uso y el valor de cambio, o las teorías del trabajo y su constante especialización en busca de eficacia y productividad, desemboca en la creación del mito del progreso y en la consecuente aparición de la necesidad de crecimiento continuo.

2_ El progreso como paradigma indiscutible

Los sistemas de construcción y gestión del territorio en el marco de una hiperurbanización mundial acelerada están estrechamente vinculados a dicho paradigma del progreso que, por razones inexplicables, escapa constantemente a los procesos básicos de definición ética y política que acompañan al resto de paradigmas que guían nuestros sistemas morales.

La consecuencia principal de esta falta de identificación o puesta en crisis conceptual del progreso es que al haber sido definido únicamente desde ámbitos muy específicos relacionados con el capital, la ciudadanía se encuentra en una situación en la que no es capaz de rebatir un sistema de datos tan aparentemente sofisticado, con lo que se acaba sustituyendo la comprensión de la realidad por la aceptación de una serie de mitos y teorías tan indemostrables como difícilmente refutables por un público no suficientemente formado.

El profesor y filósofo Reyes Mate [3] escribía hace unos meses acerca de las engañosas propuestas del progreso: “[…] identificar progreso técnico con progreso moral; predicar que es inagotable y por eso todo el mundo acabará satisfaciendo sus deseos, y afirmar que es imbatible, de ahí que mejor estar de su parte que verse arrollado por su dinámica”. Aunque estas aseveraciones puedan parecer completamente infundadas ya desde un primer momento, es preciso ser conscientes del enorme calado popular de las mismas, y no nos referimos sólo a los personajes situados en un determinado nivel de influencia, sino a la sociedad general que se expresa a través de la opinión pública.

Las dos primeras ideas han comenzado a entrar de alguna forma en el dominio de la controversia, debido a cuestiones mediáticas que si han conseguido salir a luz pública, como el debate sobre los límites de la investigación genética o sobre la relación con el medio ambiente, sin embargo, estos debates son tan específicos y puntuales que su repercusión y profundidad se minimiza por completo. Sobre la primera propuesta sólo haría falta señalar unas cuantas aberraciones militares o sociales producidas directamente por determinados avances científicos para desacreditarla, y además, su debilidad queda patente en el hecho de que es la más ampliamente refutada por una parte de la opinión pública.

La segunda de las propuestas ya ha tenido mucha más repercusión, pues al provenir la definición dominante del progreso únicamente del mundo económico-financiero, se produce una vinculación estructural con el concepto de crecimiento ilimitado, que muy pronto se convertirá en la necesidad de crecimiento continuo. Y hablamos de necesidad porque en algún momento este desarrollo continuo pasó de ser una consecuencia del progreso a convertirse en su propio fin. Si a través de la influencia de la ciencia moderna se consolida la fe en el progreso interminable [4], es en cuanto esta idea entra en contacto con un capitalismo ya maduro, cuando las relaciones entre los términos de la ecuación se distorsionan: ya no es el progreso lo que condiciona el crecimiento, sino éste último el que permite o fomenta el primero.

Sin embargo, la más preocupante de las propuestas del progreso es la última de las premisas mencionadas, pues es ésta la que determina la incuestionabilidad de las demás: el haber conseguido un estado intelectual general en el que la sociedad no se plantee ni por un momento la infalibilidad divina del sistema o, lo que es lo mismo, la contingencia de la realidad.

3_ Un consenso ficticio y paralizador

En este estado mayoritario de latencia intelectual, en el que la ignorancia y su valentía asociada se han lanzado a difundir como fanáticos y sin mirar atrás un ideal de progreso que no ha sido identificado ni definido, y que sólo se camufla bajo pretextos y argumentaciones que jamás se desvinculan de la necesidad de crecimiento continuo, se produce un momento de “comunión” global entre todas las opciones políticas alrededor del significado de este concepto.

Las consecuencias que ha producido este invariante ideológico de los sistemas políticos que actualmente gobiernan en todos los estados mundiales son de una importancia extrema para la reflexión sobre la construcción del territorio en la actualidad y, consecuentemente, para entender el caso de la ampliación de la piscifactoría de Quilmas en particular. Si el cómo se ha llegado a esta situación está relativamente claro, lo que no lo está tanto es la falta de alternativas de futuro para una realidad que ya no convence a muchos.

El problema es que al encontrarnos en medio de una confusión generalizada sobre el concepto de naturaleza, que se mantiene cínicamente anclado a todo tipo de sensibilidades, las respuestas ciudadanas que se producen son incapaces de plantear las controversias en términos globales. Además, la inercia de la realidad impide su conceptualización como posibilidad no determinada, haciendo que toda acción antagonista se enmarque en un sistema de condicionantes muy favorable al sistema. En este sentido, consideramos que las manifestaciones ciudadanas y la presentación de alegaciones son acciones muy necesarias pero no suficientes.

Entre el “Galiza non se vende” [5] y el “Touriñán, Pescanova, Sí, Ecofascistas, Non” [6] se sitúa una problemática ideológica sobre nuestros modos de existencia y construcción del mundo de enorme relevancia. Pero la respuesta de la opinión pública y de los denominados intelectuales, cuando la hay, es que se trata de un debate intrascendente o inabordable en las actuales condiciones globales, por lo que constantemente nos remitimos a las mismas premisas del progreso como argumento para su propia justificación interna, en un sistema que así parece perfectamente cerrado e “intocable”.

4_ La opacidad de los experimentos colectivos globales [7]

La acuicultura es un experimento colectivo a escala global al igual que la democracia, el capitalismo o el teléfono móvil. Esta clase de experimentos, aunque se hayan realizado durante toda la historia de la humanidad, no es hasta el siglo XX cuando alcanzan la capacidad de influencia global y definitiva, por llamar de alguna forma a la doble revolución tecnológica que fulmina nuestra tradicional relación con la vida: la capacidad científica de crear vida artificialmente en el laboratorio y la capacidad militar de acabar con la vida humana sobre el planeta.

En el siglo XXI, estos experimentos adquieren un grado más de globalidad con el aumento imparable de los viajes en avión y, sobre todo, con la difusión del uso de internet. Los avances paralelos y a través de este nuevo medio de comunicación han producido un incremento exponencial del número de experimentos, un decrecimiento acusado de la duración de los mismos, y además, han posibilitado su análisis y evaluación, también a escala global y con una rapidez sin precedentes.

Sin embargo, esta capacidad de participación global y pública en las decisiones que nos conciernen a todos aún no ha sido convertida en una realidad, en parte por que a ninguno de los actores relacionados con el poder -principalmente los partidos políticos, las empresas y las instituciones- les interesa que la globalización sociopolítica sea la que fundamente a la económica, y en parte, porque en estas nuevas condiciones de comunicación los ciudadanos aun no hemos logrado perfeccionar unas técnicas de representación de la realidad operativas para hacer hablar al presente.

5_ La co-producción de la realidad a través de la mediación

La realidad sobre la ampliación de la piscifactoría de Quilmas es una construcción artificial que responde a un conjunto heterogéneo de asuntos interrelacionados. La existencia de dicha realidad se nos revela a través de las distintas formas de comunicación humanas, de diversa capacidad de relación e influencia y que, hoy por hoy, se aglutinan principalmente en torno a los medios de comunicación de masas.

El caso de Quilmas se inserta en un contexto global en el que interaccionan en el mismo plano mediático, aunque con distintas condiciones de influencia, diversos actores: desde los intereses económicos de corporaciones multinacionales, a los ecosistemas litorales gallegos, pasando por asociaciones vecinales de todo tipo, la lucha judicial contra la pesca ilegal o la corrupción urbanística, las declaraciones públicas del presidente de la Xunta de Galicia o del Gobierno de Portugal, el consumo de rodaballo en los Países Nórdicos o los últimos avances científicos en materia acuícola.

Sin embargo, el hecho “natural” de que todos estos actores humanos y no humanos [8] convivan en un mismo espacio público ha producido una mecánica de representación de las diferentes controversias excesivamente homogénea, con lo que, al no partir inicialmente todas las cuestiones de un mismo estadio interactivo con los humanos, es decir, al no comprenderse por igual todas las cuestiones relevantes para el desarrollo de una controversia pública porque cada una de ellas se expresa en “lenguajes” diferentes, se llega a la situación de que unos asuntos son priorizados sobre otros simplemente a través de nuestra mediación.

Así, en términos globales, la historia “contada” de la piscifactoría de Quilmas no es un simple caso de “manipulación” informativa. Es la propia sociedad la que, a través de la opinión pública, prioriza unos determinados asuntos y puntos de vista sobre otros, interviniendo de manera decisiva en la conformación de la realidad de cada uno de los temas que se arrojan continuamente al espacio público de debate, es decir, al igual que el acto de medir transforma el resultado de la medida [9], los asuntos tras los cuales nos sentamos a debatir no son sólo su realidad científicamente objetiva, sino que ésta se construye también a través del propio acto de opinar sobre ellos.

6_ Técnicas de representación y medios de comunicación de masas

La acuicultura es una de esas cuestiones generadoras de controversias alrededor de las cuales debatimos porque nos preocupan. La escala y complejidad de las problemáticas asociadas a controversias como ésta hacen que los ciudadanos deleguen una gran parte de su búsqueda de nuevos conocimientos en los medios de comunicación masivos. En dichos medios, la velocidad a la que aparecen y desaparecen las noticias sobre un determinado tema de debate público se acelera continuamente, precipitando la desarticulación de la información y la consiguiente priorización interna -aunque determinada exteriormente- de las diferentes voces que describen la realidad.

Lo que introducen en el espacio público los medios de comunicación son dosis de información aisladas que, en el mejor de los casos, son exposiciones directas de hechos que no se contextualizan en un medio mayor. Así, se produce la paradoja de que cada una de estas informaciones, aun siendo verídica, es falsa como explicación de un proceso general.

Son el reportaje, a través de la búsqueda del contexto [Kapucinsky] [10], y la literatura, a través de la búsqueda del significado [Houellebecq] [11], los que se oponen a la noción de presente continuo que genera este mecanismo de adquisición de la información. Y, al haber desaparecido el concepto de reportaje de los periódicos y de los informativos, con él se ha ido también gran parte del potencial investigador en cuanto a las técnicas de representación de la realidad, con lo que nos encontramos ante un proceso de aceleración de los experimentos globales en una situación únicamente expectante por la de falta de instrumental para hacerlos hablar en nuestros debates.

Por lo tanto, cuando analizamos la realidad, es a través de las técnicas de representación como modificamos contundentemente los resultados [voces, respuestas…] que obtenemos. Y aunque la mediación humana sea desde luego ineludible, como transcriptora democrática de todo tipo de informaciones ininteligibles para la ciudadanía, no lo es la simplicidad de dicha mediación. Si no se hace hablar a la acuicultura a través de diferentes técnicas de representación es únicamente porque fuera de los laboratorios, en el espacio urbano donde existe la opinión pública, no nos ha interesado hasta ahora que las cosas tengan una voz independiente más allá de las opiniones y deseos humanos.

En un contexto mediático así, donde no somos capaces de aprehender la realidad de una forma compleja porque los hechos aislados no explicitan sus relaciones internas, la especulación arquitectónica radical sobre las diversas alternativas de futuro para cada controversia pública resulta inalcanzable. Al desaparecer las causalidades, la contingencia de la realidad resulta inasumible para el presente e inimaginable para el futuro.

*_ Ni que decir tiene que, en estas condiciones, nuestro trabajo como arquitectos no puede seguir refugiándose en el cómo proyectamos y construimos. También existen los porqués, los qués, los cuándos y los dóndes.

[1] BLANCO RICHART, Enrique Rafael; “El divorcio entre el mundo físico y el económico”, en Influencia de la legislación en la información medioambiental suministrada por las empresas. Un estudio regional [tesis doctoral accesible a texto completo en http://www.eumed.net/tesis/2006/erbr].

[2] NAREDO, José Manuel; Raíces económicas del deterioro ecológico y social. Más allá de los dogmas, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 2006.

[3] Reyes Mate, Manuel; “Interrupción”, en El País, 4 de marzo de 2007.

[4] Habermas, Jürgen; “Modernidad inconclusa”, en Vuelta 54, México, mayo de 1981 [conferencia pronunciada en 1980 al recibir el premio Theodor W. Adorno en Frankfurt].

[5] Lema del cartel de la manifestación contra la ampliación de la piscifactoría de Quilmas del 21 de julio de 2007.

[6] Pintada sobre una sábana colocada en el Cabo Touriñán en octubre de 2006.

[7] LATOUR, Bruno; “¿Qué protocolo requieren los nuevos experimentos colectivos?”, en Ciudades para un Futuro más Sostenible [conferencia pronunciada en 2001 en Darmstadt, Alemania].

[8] LATOUR, Bruno; “Bruno Latour: Haciendo la Res Pública”, en Revista de Antropología Iberoamericana, Número especial, Noviembre-Diciembre de 2005, AIBR [entrevista realizada el 16 de marzo de 2005].

[9] Simplificación de la Relación de indeterminación de Heisenberg.

[10] KAPUSCINSKI, Ryszard; Entrevista Ryszard Kapuscinski: “El sentido de la vida es cruzar fronteras”, en El País, 23 de abril de 2006.

[11] HOUELLEBECQ, Michel; El mundo como supermercado, Editorial Anagrama, Colección Argumentos, Barcelona, 2000.

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