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La ciudad al habla… ¿hay alguien ahí?

“PROBLEMAS” = “PROBLEMAS” No parece haber ningún motivo para entender que los “problemas” de la arquitectura-urbanismo no sean los mismos que los generales del ser humano. Si como dicen diversas teorías nos encontramos en algo parecido a una “era de la comunicación”, y con todas las reservas de desconocer hasta qué punto puede ser esto un panfleto turístico para nosotros mismos como sociedad, no parece sensato obviar la relevancia para la arquitectura de investigar las relaciones entre la ciudad, la comunicación, la opinión pública y la democracia, más allá del paradigma tecnológico que se plantea como “solución” definitiva.

En la actualidad, y sin la ayuda de los arquitectos-urbanistas, el espacio público ya se expresa continuamente, pero ¿acaso no podemos hacer más “plausible” este derecho ciudadano? Este documento parte de la hipótesis de que una de las acciones necesarias para ampliar la democracia y hacer de la ciudad un modelo de cohabitación más justo y problemático, más accesible y crítico, es poner en escena nuevos modelos de expresión ciudadana que ensanchen las posibilidades de creación de opinión pública en el ridiculizado campo del espacio público “real”.

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>>> “La ciudad al habla… ¿hay alguien ahí?” es un texto escrito para el libro: Habitares. Las ciudades de los ciudadanos (Ed. Andar Quatro, Santiago de Compostela, 2008), donde fue publicado como contribución a la primera fase de un proyecto de investigación sobre los usos ciudadanos del espacio urbano, coordinado por Luciano G. Alfaya y Patricia Muñiz, y desarrollado por varios de nosotros y otros arquitectos e ingenieros entre octubre y noviembre de 2008.

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¡extra! ¡extra! ¡LA DIVERSIDAD PUEDE SER UN PARÁMETRO URBANÍSTICO OPERATIVO!

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> Las narraciones colectivas que producimos como sociedad acerca del espacio urbano son de ese tipo de representaciones indirectas de la diversidad a las que no parecemos atender demasiado como urbanistas. Si nos fijamos en las películas y documentales inevitablemente “ambientados” en la ciudad y partícipes de ella, nos damos cuenta de que ya hemos narrado modos de vida asociados a casi todas las configuraciones urbanísticas más o menos reconocibles, desde polígonos “periféricos” o ensanches, hasta ciudades históricas o barrios chabolistas, así como a todo tipo de situaciones más bien difusas o ambiguas a la par que completamente urbanas. Desde luego, parece que la humanidad puede surgir de forma sublime y patética en cualquier configuración espacial, pero la realidad es que la “urbanidad”, la vida social en el espacio público, es un concepto que aún se debate entre su manifestación diferenciada en cada uno de estos modelos, y su desarrollo muchas veces completamente al margen de lo “planificado” en su momento.

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¡extra! ¡extra! ¡LOS LÍMITES DIFUSOS Y LOS ESPACIOS IMPUROS POR FIN TIENEN CUALIDADES!

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> La construcción de la periferia, que es un territorio tan escurridizo de definir como la ciudad, se mantiene atrapada entre dos puntos de vista sólo reconciliables a través de la pasividad que suelen producir como resultado. Mientras es objeto de burla por parte de los que no ven en ella ninguna verdadera cualidad urbana, es objeto de admiración para los que la ven como un campo infinito de posibilidades para que dichas cualidades aparezcan por sí mismas o a través de intervenciones no sujetas a la “identidad” de los centros urbanos. Es decir, como siempre, entre el miedo a la “degradación” y la fascinación por lo “espontáneo”, entre el rechazo cínico de una realidad que hemos construido entre todos y la veneración muchas veces acrítica de lo que casi siempre sabemos que proviene de una mala decisión.

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¡extra! ¡extra! ¡LA DIVERSIDAD SE TRASLADA AL INTERIOR DE LA CIUDAD!

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> No contemplamos la posibilidad de que la diversidad tienda inexorablemente a reducirse con la “globalización”. Más bien, entendemos que la diversidad será cada vez más “interior”, es decir, que tenderá a producirse “dentro” de cada uno de los nodos urbanos. Sólo hace falta echarle un vistazo a un mapa de las migraciones humanas desde hace 170.000 años, y observar la representación de la verdadera globalización de la especie, para entender lo ridículo de hablar de procesos como la globalización o de eventos como el “descubrimiento” de América en términos absolutos.

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¡extra! ¡extra! ¡LA ESENCIA DE LA CIUDAD ES IMPOSIBLE DE DEFINIR!

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> A medida que se van produciendo más y más intentos de definir la esencia de las ciudades, los “fracasos” se hacen cada vez más rápidos y evidentes. Si algo nos sorprende cuando pensamos en la ingente cantidad de adjetivos y sobrenombres con los que se ha intentado cualificar a la ciudad en las últimas décadas, es que no llegaría un libro para escribir la infinidad de acontecimientos y procesos que constatan y que desacreditan a cada una de ellas… Antes de comenzar la siguiente “teoría” sobre la ciudad contemporánea habría que recopilar y sintetizar todas estas hipótesis parciales, que a nuestro juicio coexisten simultáneamente en la ciudad, e intentar representar una ciudad cuyos conflictos “prácticos” en el espacio urbano no sean definidos únicamente en términos de curiosidad y aislamiento, sino a través de una pluralidad de enfoques que vayan desde la visibilización de los diferentes procesos que se solapan y retroalimentan en la ciudad -y que acaban determinando cada “evento” urbano-, a la puesta en práctica de sistemas capaces de actuar bajo subjetividades específicas o en contextos sencillamente absurdos…

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¡extra! ¡extra! ¡EL MUNDO RURAL DESAPARECIÓ ANOCHE SIN DEJAR RASTRO!

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> Mientras la ciudad ya no puede ser entendida en términos exclusivamente espaciales o formales, sino que se trata de una condición existencial y global más relacionada con los modos de vida y los medios de comunicación, nuestra obsesión como sociedad por el control hace indeseable la consideración de una ciudad ampliada; una ciudad donde existen embalses, zonas de producción alimentaria, centrales energéticas, cárceles, industrias pesadas o áreas “naturales” protegidas, y en la que una enorme cantidad de población adquiere de repente “pertinencia” en los debates democráticos sobre su futuro.

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¡extra! ¡extra! ¡YA ESTAMOS VIVIENDO EN LA CIUDAD DEL FUTURO!

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> La ciudad del futuro se parecerá bastante a la actual o, más bien, será la actual pero modificada, aumentada, mutilada, recosida, fragmentada… Las imágenes de la ciudad que planteaba Blade Runner, y que hasta ahora han sido “metaforizadas” de forma directa por el “mundo” arquitectónico, nos interesan más ahora que sabemos que no eran las buscadas por el equipo de dirección. Fue en la propia producción real de la película donde se fraguó un destino en el que las limitaciones económicas “prefirieron” un futuro creado a partir de unos decorados de la ciudad “antigua” y de escenarios de la propia ciudad existente, modificados por la “modernidad” futurible, más que recurrir únicamente a la tabula rasa de otros tipos de ciencia-ficción. Habría que reflexionar sobre si mientras la razón nos conduce a través de la biotecnología hacia un ser humano absurdamente genérico, la imposibilidad determinística de la realidad aún nos “protege” de una ciudad global también genérica.

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¡extra! ¡extra! ¡SALE A LA LUZ EL URBANISMO GLOBAL!

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> Ya sea de forma asimétrica y difusa [como en la actualidad], de forma antagónica o bipolar, de forma democrática, o bajo algún tipo de “global federalism” (1), la “institucionalización” de alguna forma de gobierno global parece un proceso irreversible. La gran cantidad de organizaciones supranacionales o globales existentes en la actualidad [ya con cierto poder y “capacidad” de integración en un gobierno global], viene a apoyar un proceso en el que, al perder relevancia otras delimitaciones de gobernabilidad como el estado o la macroregión, todo parece indicar que el peso de la ciudad tenderá a ir en aumento en las venideras etapas históricas del ser humano.

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¡extra! ¡extra! ¡LA CIUDAD SE CONVIERTE EN EL CENTRO DEL UNIVERSO!

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> En medio de un ambiguo proceso de “desterritorialización” (1) de la política, cuya asimilación al concepto partido o corporación política es tan hegemónica como desprestigiada, la ciudad se ha convertido en el espacio político más real y relevante; en el lugar donde el conflicto, la tolerancia, y la convivencia aún se producen, algunas veces, en el campo del tú a tú, ya necesariamente adjetivado como real en oposición/complemento a la caricatura virtual que, por cierto, no es ni más ni menos “digna”, sino diferente.

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¡EXTRA! ¡EXTRA!

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> ¡extra! ¡extra! es un proyecto-blog-publicación que surge tras un verano dedicado a preparar una intervención en el curso de verano “Vitalidades Históricas: As Vilas en Renovación Urbana”. Básicamente se trata de una serie de textos sobre diferentes temáticas, siempre relacionadas con la ciudad, la arquitectura-urbanismo, y demás “trapalladas” sobre las que hablamos en ese momento, y que seguiremos recopilando ahora que tenemos unas cuantas dudas más sobre la mesa.

> Este proyecto-documento no tiene un carácter fragmentario por casualidad. Se trata más bien de una necesidad derivada de la desconfianza en las teorías capaces de explicar por sí mismas y de forma completa a la ciudad contemporánea. Nos parece necesaria otra manera de plantear la práctica y la investigación arquitectónica que sea capaz de elaborar teorías más “efímeras”, fácilmente reconfigurables en todo tipo de contextos, y formadas, más por fragmentos diversamente intercambiables [pero conectados a un cuerpo intencional-ciudadano básico -ya sea individual o colectivo-], que por teorías “lineales” o estancas [en las que nunca se llega a tratar la “practicidad” de la arquitectura y el urbanismo por pertenecer a un plano de abstracción intermedia, es decir, siempre sin salir de la disciplina, y siempre sin entrar en la investigación crítica de la misma].

> Entendemos que es esta última tendencia la que acaba produciendo arquitectos con vagas “filiaciones” a alguna de estas teorías “que flotan en el aire”, y que tras cualquier cambio o nueva necesidad vital, desplazamos nuestra actividad hacia el rol de técnicos al servicio del mercado o de cualquier institución consolidada, sin plantear ningún tipo de opción o conflicto desde la profesión, precisamente porque este tipo de sistemas proyectuales no permiten su reconfiguración en función del contexto personal o colectivo.

> Si esto se debe a que en un tiempo marcadamente bio-político, las prácticas profesionales sólo pueden desarrollarse de forma más o menos autónoma a través de una especie de bio-profesionalidad, es una enunciación más global que no nos toca afirmar a nosotros; sin embargo, si estamos razonablemente seguros de que sólo a través de una reflexión sobre la propia carrera profesional como proyecto vital, podremos dar algún paso hacia el desarrollo de otras prácticas arquitectónicas. Unas prácticas capaces de ilusionar a ese ciudadano anónimo cuya subjetividad no representan, ni las encuestas, ni los sondeos de opinión, ni unos medios de comunicación masivos ya desprestigiados, ni la política corporativa que nos ha dejado como regalo el capitalismo, ni, desde luego, unos arquitectos que seguimos hablando de cosas que sólo le interesan a nuestro yo-arquitecto y raras veces a nuestro yo-ciudadano.

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¿quién es el urbanismo en quilmas? [i]

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> El urbanismo como problema no evaluable o ¿porqué no sabemos quién es el urbanismo?

En los últimos años, “el urbanismo” ha ido escalando posiciones hasta colocarse en los primeros puestos entre las preocupaciones ciudadanas que cuantifican las diferentes encuestas y sondeos publicados por los medios de comunicación. La aparición de esta nueva inquietud ciudadana, se sitúa en un contexto de aparente interés por parte de las administraciones públicas en la reflexión sobre la práctica del urbanismo en el siglo XXI.

Sin embargo, este interés no se corresponde con una visión global de Galicia como realidad territorial en la que diferentes nodos urbanos se relacionan entre ellos y con el resto de nodos globales; mientras el gobierno autonómico y las diferentes administraciones provinciales y locales promueven eventos puntuales como el Congreso Internacional de Territorio y Urbanismo o los Encontros Internacionais de Arquitectura, anuncian estudios sobre el futuro modelo territorial o sobre la creación de figuras administrativas para “nuevas” entidades urbanas, patrocinan exposiciones como Bordes de mar en Galicia, y producen campañas de concienciación sobre la importancia de la ordenación del territorio, la realidad urbanística de Galicia sigue sin encontrar su lugar en ningún proyecto sociopolítico serio y de carácter público.

El asepticismo y la falta de crítica, sobre todo de autocrítica, de la que adolecen los comunicados oficiales y las campañas publicitarias institucionales, se encuentran con una opinión pública enormemente influenciada por la continua aparición de noticias en todos los medios de comunicación relacionadas con el tema; ya sea de forma explícita, casi siempre en relación a la corrupción, a las inauguraciones preelectorales o las polémicas generadas por las grandes infraestructuras; en forma de pseudo-invención “periodística” intencionada, tipo “el feísmo” de La Voz de Galicia [1] o las disputas entre territorios y ciudades por la asignación de competencias; en forma de artículos de los “opinadores” oficiales, que casi nunca retratan toda la complejidad del tema al carecer de una formación global; o ya sea, las menos veces, en forma de discretas denuncias ciudadanas de problemáticas muchas veces aparentemente locales.

Todas estas noticias han ido poco a poco haciendo mella en la opinión pública hasta convertir al urbanismo en un asunto de debate común completamente desvirtuado, debido a un sistema de mediación básicamente normalizado por los diferentes actores privados cuyo objetivo es la preservación de sus intereses. Así, a través de una abstracción conceptual que lo desvincula de todas sus realidades asociadas, más allá de su finalidad como técnica económica, “el urbanismo” se convierte en una simplificación banal como problemática urbana únicamente vinculada a los diferentes posicionamientos puntuales de cada uno de los partidos políticos.

En medio de este proceso de desinformación -por sobreinformación e instantaneización- que marca todos los “debates” que presenciamos continuamente, tanto en los medios de comunicación como en las conversaciones cotidianas, se ha producido un estado de opinión pública como el descrito por la socióloga Noortje Marres en su tesis “No Issue, No Public” [2], en donde habla de cómo una parte de los estudios sociológicos actuales señalan que hoy en día no existe un posicionamiento ideológico previo al debate político, sino tan sólo asuntos sobre los que se opina y tras los cuales se toman posiciones.

Esta situación se convierte en un caldo de cultivo inmejorable para que en cada uno de los “debates de actualidad” referentes a cuestiones territoriales o urbanísticas resulte muy complicado opinar según criterios razonados y de carácter global, sino que tan sólo nos basemos en nuestros propios intereses, cuando éstos pueden transcribirse fácilmente en repercusiones económicas, o en las hipótesis mejor distribuidas en los medios de comunicación de masas por los interesados en cada una de las cuestiones en particular.

El urbanismo no escapa de esta tendencia infantilizante y se transforma en una palabra comodín, por supuesto sin “cara” visible, a la que la ciudadanía puede recurrir básicamente para culpabilizarla de la corrupción, de la falta de servicios e infraestructuras o de las molestias ocasionadas por las obras, y en menor medida para relacionarla con el precio de la vivienda, el “feísmo” o las controversias generadas por la redacción de los planes generales de ordenación municipal. En el caso de los colectivos y asociaciones, “el urbanismo” siempre se relaciona con una determinada reclamación específica, ya sean los promotores, para los que “el urbanismo” es la administración pública que interviene en el perfecto desarrollo del libre mercado, ya sean los grupos ecologistas, para los que se trata de la administración que permite la destrucción del medio “natural”. En cualquier caso, “el urbanismo” es siempre un problema de una determinada administración pública y, principalmente, del partido político a cargo del gobierno.

Ni rastro de preocupaciones sobre la construcción contemporánea del espacio público, la gestión arquitectónica de la ciudad existente y su complejidad programática, la aplicación de criterios razonables de densidad y posición de los nuevos crecimientos urbanos, la participación ciudadana en la redacción de los planes urbanísticos, la influencia en los mismos de determinados grupos de presión, la segregación y defensa de zonas destinadas a colectivos ciudadanos exclusivos, la reproducción en formato “seguro” de la ciudad en las simulaciones comerciales, la construcción de las zonas productivas como “cara b” de la ciudad, los cambios producidos por las nuevas formas de relación social, o un sin fin de temas que se escapan continuamente de la reflexión sobre la ciudad y el urbanismo.

En este sentido, las encuestas ciudadanas de las que hablábamos al principio parecen funcionar como uno más de los elementos destinados a producir un estado general de falsa participación en las problemáticas urbanas, que incluso se intenta vender como una necesidad de las ciudades para subsistir sin cambiar radicalmente el formato de sus instituciones públicas. Los barómetros urbanos que realizan empresas privadas, muchas veces asociadas a medios de comunicación, o el propio CIS se convierten en plataformas de la “abstracción intermedia”, es decir, en refugios para conceptos abstractos desvinculados, tanto de sus efectos más palpables en la realidad urbana, como de las causas globales que los producen.

Éstos conceptos, cuya única condición exigible es que sean fácilmente comprensibles, en apariencia, para la mayoría de la población, y que consecuentemente tienen que simplificarse y aislarse como problemas autónomos, construyen una realidad ciudadana muy simple y predispuesta a recibir soluciones de similar simpleza y banalidad; por ejemplo, el problema de “el tráfico”, que se soluciona construyendo más parkings públicos y aumentando la capacidad de las vías de comunicación; el de “la delincuencia”, con la que se acaba aumentando la videovigilacia y la presencia policial; o el de “el urbanismo”, contra el que sólo cabe la transparencia anticorrupción y la rapidez en la construcción de las infraestructuras urbanas.

Oficialmente, la falta de “fondo” que caracteriza a estos barómetros urbanos está determinada únicamente por razones de índole económica. El tiempo dedicado a cada entrevista, ya sea telefónica o presencial, está perfectamente parametrizado, evidentemente, para conseguir que sea el mínimo posible y disminuir los costes del estudio. De este modo, las preguntas, como no puede ser de otra forma, están preparadas para ser fácilmente comprensibles para el público, al que incluso se le incita a contestar rápidamente en algunas cuestiones para no “pensar” -y con ello no indefinir- las respuestas.

Así pues, a parte de la necesidad de síntesis de los resultados de cada estudio en un formato hiper-reducido, para que tengan cierta presencia mediática, la duración de las entrevistas que se realizan y el formato infantilizado de las mismas parecen ser los factores más determinantes para entender las aburridas y genéricas respuestas que se plantean como nuestros principales problemas urbanos; para entender porqué nunca se llega a plantear si uno de éstos problemas no será el formato de dichas investigaciones estadísticas o la infame labor de los medios de comunicación que las difunden y pagan; y para entender porqué las administraciones públicas, las instituciones, los medios de comunicación y los ciudadanos no detectamos las numerosas relaciones entre, por ejemplo, la ampliación de la piscifactoría de Quilmas y el urbanismo en Galicia.

El efecto de falsa participación y visibilización de nuestros problemas en el espacio público que producen estos estudios dificulta que los ciudadanos reclamemos otros espacios más directos de participación en la construcción de la ciudad. Los sociólogos y periodistas que realizan esta clase de documentos deberían ser conscientes de que son un eslabón crucial de la relación entre los ciudadanos y el futuro de su ciudad; que su trabajo, en estas condiciones de democracia representativa tan relativas, es el mecanismo más relevante de contacto con los partidos [corporaciones] políticas que intervienen en la ciudad más allá del acto simbólico de las elecciones; y que por lo tanto, deberían construir instrumentos de participación más adaptados a este papel y preguntarse: ¿es operativo el formato de encuestas que utilizan para describir el presente urbano? ¿fomenta o no la participación ciudadana en las cuestiones públicas? ¿cómo son utilizados estos estudios por los partidos políticos? ¿porqué no pedir preguntas razonablemente elaboradas dirigidas a los responsables políticos? ¿no merecería la pena aumentar el tiempo de los estudios para hacer una radiografía urbana más completa? ¿cómo hacer que la centralidad de las responsabilidades no recaiga siempre en la clase política? ¿es justo realizar las entrevistas para estos estudios únicamente en los nodos urbanos más poblados y no en el territorio que “sufre” muchas veces las consecuencias de las decisiones que allí se toman? ¿porqué no buscar ideas para la ciudad y fomentar la participación ciudadana en los campos de interés de cada individuo o colectivo?

Como urbanistas, aun no estamos en condiciones de similares reflexiones; ni nos interesa poner nuestro grano de arena real para que se exprese la ciudad, ni nos conviene definir “el urbanismo” de forma que se lo pueda evaluar públicamente; sólo una pregunta: ¿cómo es posible que a estas alturas de la película los urbanistas hallamos producido un entorno urbano plagado de espacios reglados para la colocación de “publicidad y promociones” que diría Gasset, y no para la expresión pública de las inquietudes y deseos ciudadanos, definitivamente relegados a su substitución por “abstracciones intermedias”, a la invisibilización, al espacio virtual, a la ilegalidad del graffiti “cutre”, a la pancarta de boda en la vía principal o a la pintada romántica [o guarra] de la puerta del servicio del bar?

El principal problema que nos encontramos entonces a la hora de intentar definir quién es el urbanismo es su descomposición contemporánea como problema urbano genérico y no evaluable. El problema de “el urbanismo” en Quilmas es que ya nada tiene que ver ni con el urbanismo ni con los diferentes planteamientos políticos. Evidentemente este no es un problema específico del urbanismo. El resto de disciplinas también han visto modificada su forma de relación con la ciudadanía a través de la mediación del mercado. Sin embargo, es preciso tomar conciencia de que los urbanistas si tenemos una mayor capacidad relativa de acción sobre la ciudad en comparación con otros colectivos profesionales o intelectuales.

Dos acciones precisas podrían ayudar a restituir [si es que alguna vez existió] una definición del urbanismo que asegure su operatividad en el presente. Por una parte, identificar y describir públicamente qué instituciones, colectivos e individuos son “el urbanismo” en la actualidad, y por otra, generar un espacio público contemporáneo que posibilite primero, una información urbana más sofisticada sobre cada una de sus intervenciones, y segundo, una capacidad de expresión ciudadana que permita, entre otras cosas, la evaluación de las mismas.

[1] Sobre este asunto, recomendamos la conferencia de Manuel García Docampo pronunciada durante el II Foro Internacional do Feísmo celebrado en Ourense los días 4,5 y 6 de Mayo de 2007 y disponible en la web: http://www.uvigo.tv/gl/serial/38.html

[2] MARRES, Noortje Suzanne; “No Issue, No Public. Democratic deficits after the Displacement of Politics”, WTMC [the Netherlands Graduate Research School of Science, Technology and Modern Culture] and the Faculty of Humanities of the University of Amsterdam, 2005, Amsterdam; p.68. [tesis doctoral accesible a texto completo en http://dare.uva.nl/document/17061]

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asalto a la contingencia de quilmas

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1_ Contradicciones en torno al concepto de naturaleza

Hasta la Revolución Industrial, el concepto de naturaleza se mantiene cohesionado en torno a ideales mutables en el tiempo, pero unitarios y vinculados a nuestras decisiones político-económicas, en parte debido a la “escala” reducida, cualitativa y cuantitativamente, de sus interacciones con las actividades humanas. A partir de ese momento nuestra definición de la naturaleza se escinde en un doble y contradictorio significado.

Si por una parte, se trata del elemento clave a través del cual desarrollamos nuestros modos de producción, es decir, es un concepto ideológicamente abstracto cuyos recursos explotamos sin control a través de la tecnología para generar plusvalías, por otra parte, se trata de la gran idea consoladora del espíritu urbano, y se conceptualiza como ese conjunto de lugares ya no tan abstractos mediante los cuales nos redimimos de los males alienantes de la ciudad, ya sea devastándolos mediante el turismo masivo o venerándolos a través de la sobreprotección y su visualización documentada.

En un estado mediático en equilibrio inestable entre estas dos conceptualizaciones contradictorias, el cinismo se convierte en el único instrumento ideológico con el que es posible sostener las decisiones políticas y las opiniones ciudadanas vinculadas a la naturaleza. Y como el cinismo expuesto de forma directa no es asumible para la moral asociada a la cultura occidental, se opta por un cinismo indirecto, que parte de deshacer la contradicción dividiéndola en dos sistemas diferenciados, el económico y el físico [1], de forma que sus fricciones sólo se revelen como hechos puntuales y no como cuestiones generales capaces de poner en crisis el concepto global.

En el momento en el que esta desvinculación se encuentra con el capitalismo dos cuestiones marcan la consiguiente priorización de lo económico sobre lo físico. Por una parte, lo económico descubre su doble condición real-virtual, que a su vez lo dota del estatus de local y global, mientras que lo físico es en principio un “valor” únicamente local, con lo que su relevancia es inevitablemente menor; en torno a una controversia física siempre habrá más poder de decisión externo que local. Por otra parte, la educación que recibimos en las escuelas y a través de los medios de comunicación también configura nuestra manera de entender esta separación, y al partir siempre desde un punto de vista pasivo en cuanto al mundo físico, de conocedor u observador, y activo o práctico en cuanto al económico, estamos predispuestos a entender la primacía del “lenguaje” que podemos utilizar más que el que sólo podemos escuchar. La naturaleza se ve o se disfruta. Con la economía se “vive”.

Además, este proceso de separación estructural entre el mundo físico y el económico se encuentra en un periodo de aceleración debido a la difusión planetaria del “reduccionismo monetario” [2]. El economista José Manuel Naredo explica claramente en Raíces económicas del deterioro ecológico y social cómo el continuo traspaso de relevancia desde el sistema de las economías reales, basadas en la generación de bienes y servicios, al sistema financiero-especulativo ha producido que la grieta entre ambos mundos sea cada vez más grande. Este paso de la primacía de lo económico a lo financiero pone mucha más distancia entre los intereses monetarios y sus repercusiones en el territorio, pues al virtualizarse las transacciones se produce la homologación de todos los “productos” bajo una simple cifra monetaria, lo que genera que las repercusiones de cada movimiento financiero puedan definirse mediante una sencilla operación matemática, al margen de toda consideración social o ambiental.

En la actualidad, las etiquetas ecológico® o sostenible® han sido incluidas en todas las agendas políticas de los gobiernos occidentales. Sin embargo, esta insólita situación se ha producido únicamente debido a la presión de un pequeño porcentaje de la población que, a través de las diferentes organizaciones ecologistas, ha logrado generar un estado de opinión pública favorable a la conservación del mito de la naturaleza.

El problema es que esta sensibilización creciente de la sociedad sólo se sostiene de un modo negativo: bien a través del miedo a perder el patio de atrás, ese nuevo espacio público que representa la naturaleza para los habitantes de la ciudad, y que ponen en peligro la contaminación o la excesiva urbanización; bien a través del miedo a destruir el planeta como lugar que privilegia la vida, básicamente debido al cambio climático y sus consecuencias.

Al no haberse producido el necesario cambio de mentalidad ideológica en cuanto a nuestros modos de cohabitación, sino que sólo ha aparecido una nueva preocupación ciudadana-electoral [fácilmente superable con un buen diseño gráfico “verde adormecedor” hasta la hora los fuegos artificiales], aún no hemos conseguido desprendernos del paradigma intelectual que desvincula al mundo físico del económico.

Y esta separación, que está también relacionada con otras cuestiones fundamentales para entender el sistema que habitamos [y que ya pasan inadvertidas para las tertulias radiofónicas y las columnas periodísticas “de autor”], como la relación entre el valor de uso y el valor de cambio, o las teorías del trabajo y su constante especialización en busca de eficacia y productividad, desemboca en la creación del mito del progreso y en la consecuente aparición de la necesidad de crecimiento continuo.

2_ El progreso como paradigma indiscutible

Los sistemas de construcción y gestión del territorio en el marco de una hiperurbanización mundial acelerada están estrechamente vinculados a dicho paradigma del progreso que, por razones inexplicables, escapa constantemente a los procesos básicos de definición ética y política que acompañan al resto de paradigmas que guían nuestros sistemas morales.

La consecuencia principal de esta falta de identificación o puesta en crisis conceptual del progreso es que al haber sido definido únicamente desde ámbitos muy específicos relacionados con el capital, la ciudadanía se encuentra en una situación en la que no es capaz de rebatir un sistema de datos tan aparentemente sofisticado, con lo que se acaba sustituyendo la comprensión de la realidad por la aceptación de una serie de mitos y teorías tan indemostrables como difícilmente refutables por un público no suficientemente formado.

El profesor y filósofo Reyes Mate [3] escribía hace unos meses acerca de las engañosas propuestas del progreso: “[…] identificar progreso técnico con progreso moral; predicar que es inagotable y por eso todo el mundo acabará satisfaciendo sus deseos, y afirmar que es imbatible, de ahí que mejor estar de su parte que verse arrollado por su dinámica”. Aunque estas aseveraciones puedan parecer completamente infundadas ya desde un primer momento, es preciso ser conscientes del enorme calado popular de las mismas, y no nos referimos sólo a los personajes situados en un determinado nivel de influencia, sino a la sociedad general que se expresa a través de la opinión pública.

Las dos primeras ideas han comenzado a entrar de alguna forma en el dominio de la controversia, debido a cuestiones mediáticas que si han conseguido salir a luz pública, como el debate sobre los límites de la investigación genética o sobre la relación con el medio ambiente, sin embargo, estos debates son tan específicos y puntuales que su repercusión y profundidad se minimiza por completo. Sobre la primera propuesta sólo haría falta señalar unas cuantas aberraciones militares o sociales producidas directamente por determinados avances científicos para desacreditarla, y además, su debilidad queda patente en el hecho de que es la más ampliamente refutada por una parte de la opinión pública.

La segunda de las propuestas ya ha tenido mucha más repercusión, pues al provenir la definición dominante del progreso únicamente del mundo económico-financiero, se produce una vinculación estructural con el concepto de crecimiento ilimitado, que muy pronto se convertirá en la necesidad de crecimiento continuo. Y hablamos de necesidad porque en algún momento este desarrollo continuo pasó de ser una consecuencia del progreso a convertirse en su propio fin. Si a través de la influencia de la ciencia moderna se consolida la fe en el progreso interminable [4], es en cuanto esta idea entra en contacto con un capitalismo ya maduro, cuando las relaciones entre los términos de la ecuación se distorsionan: ya no es el progreso lo que condiciona el crecimiento, sino éste último el que permite o fomenta el primero.

Sin embargo, la más preocupante de las propuestas del progreso es la última de las premisas mencionadas, pues es ésta la que determina la incuestionabilidad de las demás: el haber conseguido un estado intelectual general en el que la sociedad no se plantee ni por un momento la infalibilidad divina del sistema o, lo que es lo mismo, la contingencia de la realidad.

3_ Un consenso ficticio y paralizador

En este estado mayoritario de latencia intelectual, en el que la ignorancia y su valentía asociada se han lanzado a difundir como fanáticos y sin mirar atrás un ideal de progreso que no ha sido identificado ni definido, y que sólo se camufla bajo pretextos y argumentaciones que jamás se desvinculan de la necesidad de crecimiento continuo, se produce un momento de “comunión” global entre todas las opciones políticas alrededor del significado de este concepto.

Las consecuencias que ha producido este invariante ideológico de los sistemas políticos que actualmente gobiernan en todos los estados mundiales son de una importancia extrema para la reflexión sobre la construcción del territorio en la actualidad y, consecuentemente, para entender el caso de la ampliación de la piscifactoría de Quilmas en particular. Si el cómo se ha llegado a esta situación está relativamente claro, lo que no lo está tanto es la falta de alternativas de futuro para una realidad que ya no convence a muchos.

El problema es que al encontrarnos en medio de una confusión generalizada sobre el concepto de naturaleza, que se mantiene cínicamente anclado a todo tipo de sensibilidades, las respuestas ciudadanas que se producen son incapaces de plantear las controversias en términos globales. Además, la inercia de la realidad impide su conceptualización como posibilidad no determinada, haciendo que toda acción antagonista se enmarque en un sistema de condicionantes muy favorable al sistema. En este sentido, consideramos que las manifestaciones ciudadanas y la presentación de alegaciones son acciones muy necesarias pero no suficientes.

Entre el “Galiza non se vende” [5] y el “Touriñán, Pescanova, Sí, Ecofascistas, Non” [6] se sitúa una problemática ideológica sobre nuestros modos de existencia y construcción del mundo de enorme relevancia. Pero la respuesta de la opinión pública y de los denominados intelectuales, cuando la hay, es que se trata de un debate intrascendente o inabordable en las actuales condiciones globales, por lo que constantemente nos remitimos a las mismas premisas del progreso como argumento para su propia justificación interna, en un sistema que así parece perfectamente cerrado e “intocable”.

4_ La opacidad de los experimentos colectivos globales [7]

La acuicultura es un experimento colectivo a escala global al igual que la democracia, el capitalismo o el teléfono móvil. Esta clase de experimentos, aunque se hayan realizado durante toda la historia de la humanidad, no es hasta el siglo XX cuando alcanzan la capacidad de influencia global y definitiva, por llamar de alguna forma a la doble revolución tecnológica que fulmina nuestra tradicional relación con la vida: la capacidad científica de crear vida artificialmente en el laboratorio y la capacidad militar de acabar con la vida humana sobre el planeta.

En el siglo XXI, estos experimentos adquieren un grado más de globalidad con el aumento imparable de los viajes en avión y, sobre todo, con la difusión del uso de internet. Los avances paralelos y a través de este nuevo medio de comunicación han producido un incremento exponencial del número de experimentos, un decrecimiento acusado de la duración de los mismos, y además, han posibilitado su análisis y evaluación, también a escala global y con una rapidez sin precedentes.

Sin embargo, esta capacidad de participación global y pública en las decisiones que nos conciernen a todos aún no ha sido convertida en una realidad, en parte por que a ninguno de los actores relacionados con el poder -principalmente los partidos políticos, las empresas y las instituciones- les interesa que la globalización sociopolítica sea la que fundamente a la económica, y en parte, porque en estas nuevas condiciones de comunicación los ciudadanos aun no hemos logrado perfeccionar unas técnicas de representación de la realidad operativas para hacer hablar al presente.

5_ La co-producción de la realidad a través de la mediación

La realidad sobre la ampliación de la piscifactoría de Quilmas es una construcción artificial que responde a un conjunto heterogéneo de asuntos interrelacionados. La existencia de dicha realidad se nos revela a través de las distintas formas de comunicación humanas, de diversa capacidad de relación e influencia y que, hoy por hoy, se aglutinan principalmente en torno a los medios de comunicación de masas.

El caso de Quilmas se inserta en un contexto global en el que interaccionan en el mismo plano mediático, aunque con distintas condiciones de influencia, diversos actores: desde los intereses económicos de corporaciones multinacionales, a los ecosistemas litorales gallegos, pasando por asociaciones vecinales de todo tipo, la lucha judicial contra la pesca ilegal o la corrupción urbanística, las declaraciones públicas del presidente de la Xunta de Galicia o del Gobierno de Portugal, el consumo de rodaballo en los Países Nórdicos o los últimos avances científicos en materia acuícola.

Sin embargo, el hecho “natural” de que todos estos actores humanos y no humanos [8] convivan en un mismo espacio público ha producido una mecánica de representación de las diferentes controversias excesivamente homogénea, con lo que, al no partir inicialmente todas las cuestiones de un mismo estadio interactivo con los humanos, es decir, al no comprenderse por igual todas las cuestiones relevantes para el desarrollo de una controversia pública porque cada una de ellas se expresa en “lenguajes” diferentes, se llega a la situación de que unos asuntos son priorizados sobre otros simplemente a través de nuestra mediación.

Así, en términos globales, la historia “contada” de la piscifactoría de Quilmas no es un simple caso de “manipulación” informativa. Es la propia sociedad la que, a través de la opinión pública, prioriza unos determinados asuntos y puntos de vista sobre otros, interviniendo de manera decisiva en la conformación de la realidad de cada uno de los temas que se arrojan continuamente al espacio público de debate, es decir, al igual que el acto de medir transforma el resultado de la medida [9], los asuntos tras los cuales nos sentamos a debatir no son sólo su realidad científicamente objetiva, sino que ésta se construye también a través del propio acto de opinar sobre ellos.

6_ Técnicas de representación y medios de comunicación de masas

La acuicultura es una de esas cuestiones generadoras de controversias alrededor de las cuales debatimos porque nos preocupan. La escala y complejidad de las problemáticas asociadas a controversias como ésta hacen que los ciudadanos deleguen una gran parte de su búsqueda de nuevos conocimientos en los medios de comunicación masivos. En dichos medios, la velocidad a la que aparecen y desaparecen las noticias sobre un determinado tema de debate público se acelera continuamente, precipitando la desarticulación de la información y la consiguiente priorización interna -aunque determinada exteriormente- de las diferentes voces que describen la realidad.

Lo que introducen en el espacio público los medios de comunicación son dosis de información aisladas que, en el mejor de los casos, son exposiciones directas de hechos que no se contextualizan en un medio mayor. Así, se produce la paradoja de que cada una de estas informaciones, aun siendo verídica, es falsa como explicación de un proceso general.

Son el reportaje, a través de la búsqueda del contexto [Kapucinsky] [10], y la literatura, a través de la búsqueda del significado [Houellebecq] [11], los que se oponen a la noción de presente continuo que genera este mecanismo de adquisición de la información. Y, al haber desaparecido el concepto de reportaje de los periódicos y de los informativos, con él se ha ido también gran parte del potencial investigador en cuanto a las técnicas de representación de la realidad, con lo que nos encontramos ante un proceso de aceleración de los experimentos globales en una situación únicamente expectante por la de falta de instrumental para hacerlos hablar en nuestros debates.

Por lo tanto, cuando analizamos la realidad, es a través de las técnicas de representación como modificamos contundentemente los resultados [voces, respuestas…] que obtenemos. Y aunque la mediación humana sea desde luego ineludible, como transcriptora democrática de todo tipo de informaciones ininteligibles para la ciudadanía, no lo es la simplicidad de dicha mediación. Si no se hace hablar a la acuicultura a través de diferentes técnicas de representación es únicamente porque fuera de los laboratorios, en el espacio urbano donde existe la opinión pública, no nos ha interesado hasta ahora que las cosas tengan una voz independiente más allá de las opiniones y deseos humanos.

En un contexto mediático así, donde no somos capaces de aprehender la realidad de una forma compleja porque los hechos aislados no explicitan sus relaciones internas, la especulación arquitectónica radical sobre las diversas alternativas de futuro para cada controversia pública resulta inalcanzable. Al desaparecer las causalidades, la contingencia de la realidad resulta inasumible para el presente e inimaginable para el futuro.

*_ Ni que decir tiene que, en estas condiciones, nuestro trabajo como arquitectos no puede seguir refugiándose en el cómo proyectamos y construimos. También existen los porqués, los qués, los cuándos y los dóndes.

[1] BLANCO RICHART, Enrique Rafael; “El divorcio entre el mundo físico y el económico”, en Influencia de la legislación en la información medioambiental suministrada por las empresas. Un estudio regional [tesis doctoral accesible a texto completo en http://www.eumed.net/tesis/2006/erbr].

[2] NAREDO, José Manuel; Raíces económicas del deterioro ecológico y social. Más allá de los dogmas, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 2006.

[3] Reyes Mate, Manuel; “Interrupción”, en El País, 4 de marzo de 2007.

[4] Habermas, Jürgen; “Modernidad inconclusa”, en Vuelta 54, México, mayo de 1981 [conferencia pronunciada en 1980 al recibir el premio Theodor W. Adorno en Frankfurt].

[5] Lema del cartel de la manifestación contra la ampliación de la piscifactoría de Quilmas del 21 de julio de 2007.

[6] Pintada sobre una sábana colocada en el Cabo Touriñán en octubre de 2006.

[7] LATOUR, Bruno; “¿Qué protocolo requieren los nuevos experimentos colectivos?”, en Ciudades para un Futuro más Sostenible [conferencia pronunciada en 2001 en Darmstadt, Alemania].

[8] LATOUR, Bruno; “Bruno Latour: Haciendo la Res Pública”, en Revista de Antropología Iberoamericana, Número especial, Noviembre-Diciembre de 2005, AIBR [entrevista realizada el 16 de marzo de 2005].

[9] Simplificación de la Relación de indeterminación de Heisenberg.

[10] KAPUSCINSKI, Ryszard; Entrevista Ryszard Kapuscinski: “El sentido de la vida es cruzar fronteras”, en El País, 23 de abril de 2006.

[11] HOUELLEBECQ, Michel; El mundo como supermercado, Editorial Anagrama, Colección Argumentos, Barcelona, 2000.

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aquellos de los que no hablamos

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Desde que a principios de Agosto el Conselleiro de Presidencia José Luis Méndez Romeu hizo públicas las intenciones de la Xunta de Galicia de promover una ley que apueste por la constitución de dos grandes áreas metropolitanas en la comunidad, La Coruña-Ferrol y Vigo-Pontevedra, se ha reabierto una vez más el debate sobre la estructuración territorial de Galicia. El gran número de reacciones institucionales generado [por cierto, ¿dónde está la contribución de la ETSAC?...] y la inminencia de la aprobación de un anteproyecto de ley para su posterior tramitación en el Parlamento haría vaticinar que esta vez si se van a tomar decisiones relevantes para el futuro del sistema urbano gallego.

Sin embargo, aunque hasta La Voz de Galicia haya olvidado por un tiempo su última gran cruzada por la eliminación del impuesto de sucesiones, el carácter específico de las cuestiones que hasta ahora han sido planteadas en los medios de comunicación nos hace sospechar que un proyecto tan vinculante para todos los ciudadanos de Galicia va a ser “resuelto” de nuevo de una forma parcial e insuficiente, simplemente por miedo a una discusión que podría quebrantar la verdadera paz [que no nos engañen los fuegos artificiales…] social y política en la que el mercado y los partidos políticos viven tan cómodamente. Parece que otra vez van a ser más importantes las entidades ausentes [conceptos, expertos, ciudadanos…] que las presentes en el debate. Y por supuesto, no van a ser tan importantes la mayoría de las cuestiones en las que este debate estará abierto como en las que ya se cierre de antemano. De este modo, el cruce de opiniones y datos que como decimos lleva unas semanas presente en todos los medios de comunicación, ha producido un conglomerado heterogéneo de problemáticas priorizadas que bascula entre las ansiedades localistas, los recelos institucionales, el terror desmedido hacia la política y la falta total de reflexión sobre la realidad urbana contemporánea.

Si hay algo que se puede constatar es que a estas alturas a casi nadie se le ocurre discutir la necesidad de planificar el desarrollo de los entornos urbanos desde una óptica supramunicipal. Así, las únicas críticas directas al concepto área metropolitana parten por un lado de un cierto temor liberal a la complejización burocrática, que en todo momento se considera un problema solventable, y por otro, de un temor aún mayor a la creación de nuevos foros de discusión política, aspecto al que se achaca la ineficacia y el fracaso de otras experiencias metropolitanas ya testadas. Ni rastro de reflexiones sobre la posible relación entre la planificación total que se pretende conseguir y la obsesión generalizada por “higienizar” y organizar nuestros modos de vida, y todo a cambio de crear una ilusión de control sobre el devenir de la ciudad que incentive la creación de ese mundo seguro y sin antagonismos en donde el libre mercado no encuentre obstáculos insalvables, argumento que paradójicamente utilizan en sus reflexiones tanto los más conservadores como los radicalmente liberales.

En este contexto se observa que los objetivos “declarados” por las diversas posiciones institucionales y políticas son irrelevantes en comparación con los efectos que conllevará el fondo conceptual ya establecido y “consensuado” por todos. Así, parece que ya se ha decidido que los objetivos principales de la creación de estas dos áreas metropolitanas son, por una parte, potenciar la competitividad económica de Galicia en el contexto de la Unión Europea, y por otra, posibilitar el desarrollo de un plan urbanístico supramunicipal que fomente la comunicación interna e intente frenar desde la ley la especulación urbanística en las aglomeraciones urbanas más importantes de Galicia. La discusión sobre la eficacia de dicho proyecto para conseguir frenar un fenómeno dependiente de otros muchos factores más “delicados” de tratar, sobre el modelo de Unión Europea que queremos ratificar con nuestras acciones, sobre si el posicionamiento político debería ser anterior al puramente económico, sobre las consecuencias territoriales de cada uno de los modelos urbanos que se podrían fomentar desde una institución como ésta, o sobre las implicaciones sociopolíticas de la creación de un nuevo marco administrativo, han sido desterradas al olvido tanto por el miedo como por la ignorancia de los participantes [y los no participantes que consienten…] en el crucial debate que se está produciendo.

Por otro lado, a parte de las controversias localistas entre La Coruña y Vigo, y entre Vigo y Pontevedra, aderezadas con antiguas pretensiones de capitalidad, teorías de la conspiración, y declaraciones, acusaciones, desmentidos y aclaraciones sustentadas por todo alcalde con ganas de participar en el circo mediático, el tema principal sobre el que si se va a producir un debate más o menos público será el del funcionamiento específico de las nuevas entidades territoriales creadas. Pero incluso en este punto, los sistemas operativos propuestos hasta ahora varían entre dos opciones prácticamente indiferentes [de ahí la posibilidad de una mayor “falsa” participación], pues entre un simple marco de colaboración intermunicipal, y por tanto sin financiación propia, y una entidad que gestione ciertos servicios, como el tratamiento conjunto de basuras o el transporte metropolitano, y por tanto con cierta capacidad económica [financiada por nuevas tasas o por el traspaso de algunas ya existentes] existen diferencias, pero de una proporción ridícula en comparación a la decisión anterior de desvincular por completo a la política y al urbanismo de su influencia en la definición conceptual del nuevo elemento al que debemos dotar de capacidad funcional.

Por último, hay dos temas abiertos al debate que aún no han sido enfocados desde una perspectiva suficientemente ambiciosa, y que por tanto, dejan solapado un enorme potencial de influencia en el devenir del territorio. Estas dos cuestiones, el debate sobre el papel y las competencias de las diferentes instituciones públicas por un lado, y la discusión sobre la delimitación administrativa de las nuevas áreas metropolitanas por otro, esconden bajo el modo simplista con el que han sido tratadas conceptos imprescindibles como el ejercicio de la política y la representación de la realidad, que a su vez están profundamente interrelacionados con el territorio y con la ciudad.

Todas las entidades administrativas actuales, tanto la comunidad autónoma, como las provincias, las comarcas o los municipios, están definidas por unos límites virtuales ajenos a las escalas de acción necesarias para ordenar y vitalizar el territorio de una forma sensible y racional. En este sentido, lo primero que debemos asumir cuanto antes es que no se trata únicamente de dar respuesta a un problema de las áreas urbanas más dinámicas de Galicia, sino más bien de una cuestión relevante para todo nodo urbano, para toda entidad poblacional. Es decir, todos los estudios sociales, económicos y culturales que se realizan últimamente en zonas marcadas por su condición interna de separación administrativa, ya sea ésta regional o municipal, concluyen que la realidad social de estas áreas es totalmente indiferente a su marco administrativo. Si estas divisiones pudieron ser operativas cuando las condiciones de comunicación eran otras, ahora han sido superadas por la sociedad, convirtiéndose de repente en simples mecanismos inertes que flotan en un mar de impedimentos cuya complejidad determina negativamente las necesarias relaciones verticales y horizontales entre las mismas.

Desde luego, debemos generar una nueva gradación de escalas basadas en la realidad actual, y con capacidad de cambio cuando sus condiciones de contorno varíen: desde la dotación de capacidad de decisión a la escala barrio o entidad singular; a escalas más territoriales basadas en los ecosistemas, tanto ambientales como económicos, políticos, etc.; hasta el urgente modelo territorial para el noroeste peninsular, que se marque unos objetivos a escala geográfica y geopolítica acordes con las exigencias ciudadanas [no sólo económicas] del mundo contemporáneo.

En este sentido, deberíamos comenzar por cambiar los mecanismos de delimitación pública de la ciudad. Partimos de la hipótesis de que el futuro de Galicia, al igual que el del resto del planeta, es una batalla que se libra en la ciudad. Y que además, las problemáticas locales están rotundamente determinadas por factores de escala global que es necesario estudiar para entender y proponer modelos de futuro realmente comprometidos.

Hay que tener en cuenta como indicio que en los foros de discusión urbanística se lleva ya tiempo hablando de un posible futuro marcado por la minimización conceptual de las naciones europeas, lo que conllevaría la aparición de una especie de nuevas ciudades-estado que estructurarían un “espacio de civilización” [1] amplio pero acotado llamado Unión Europea. Aunque no lleguemos pronto al contexto del llamado “global-federalism” comentado por la alcaldesa de Milán y cómplice de Berlusconi, Letizia Moratti, es cierto que la ciudad si parece estar ganando actualmente no sólo un peso político y económico sin precedentes, sino también una presencia mediática y una influencia cultural comparable en muchos casos a las propias naciones.

El problema es que aún no hemos construido unos mecanismos de representación de la ciudad adecuados a su realidad presente. Como siempre comentan en sus clases Cristina Díaz Moreno y Efrén García Grinda, para analizar una determinada realidad debemos comportarnos como una especie de científicos de Marte, como si fuera la primera vez que vemos una realidad semejante. En el caso de la ciudad los métodos de representación y análisis que utilizamos son completamente ajenos a su realidad contemporánea precisamente porque somos incapaces de pensar la ciudad sin prejuicios [ya sean disciplinares o ciudadanos].

Quizás tengamos que comenzar a utilizar con la ciudad métodos de análisis más cercanos a la investigación científica, es decir, más relacionados con su puesta en crisis de forma intencional que con su parametrización “desde arriba”. Comenzaríamos así a tratar con la realidad de una forma más sofisticada, a experimentar con la ciudad como dice Izaskun Chinchilla, poniéndola en crisis para medir sus reacciones y sacar conclusiones operativas [2]. El problema no es ya que estas investigaciones no se desarrollen en la realidad, sino que ni siquiera se utilice la capacidad tecnológica actual para simular hipótesis de prueba que “testen” la ciudad inserta en diferentes escenarios territoriales, para averiguar así mediante qué parámetros se construye su realidad social.

Así, si ante todo debemos pensar la ciudad como marco de lo social, pues es una definición más cercana a la ontología del hecho urbano que cualquier concepto ligado a la arquitectura o al urbanismo, parece obvio vincular su realidad física a su realidad política. Sin embargo, los planos urbanísticos profesionales que se producen en cualquiera de las oficinas capaces de elaborar un proyecto urbano o de desarrollar un plan general, adolecen de una total falta de reflexión acerca de imposibilidad de representar una realidad compleja como la ciudad contemporánea con los mismos mecanismos y parámetros desde hace décadas.

Por eso, un paso anterior del que no debemos olvidarnos es la renovación de los mecanismos de descripción y delimitación de la ciudad hacia formas más relacionadas con las implicaciones del concepto de lo urbano como espacio político, pues las cuestiones para el debate democrático, las asambleas en las que deberíamos participar como ciudadanos, se independizan cada vez más de la realidad física estudiada con una óptica convencional. Aunque los parámetros formales, de densidades demográficas, o de realidades territoriales nos han servido hasta ahora por sí solos para relacionar a la ciudadanía con su realidad política cotidiana, no parece que hoy por hoy puedan producir un documento capaz de vincular al ciudadano medio con el “pedazo” de realidad en la que su opinión ha de valorarse democráticamente.

Por lo tanto, para llegar a medir, cuantificar, caracterizar, definir o delimitar la realidad política [y por tanto ontológica, y por tanto administrativa…] de una ciudad contemporánea hay que producir documentos mucho más sofisticados, no sólo en el sentido técnico y metodológico sino sobre todo conceptual, de enfoque. Así, en dichos documentos, para definir la realidad de la ciudad también se representarían desde sus instalaciones de tratamiento de basuras, hasta los lugares de procedencia de sus inmigrantes, el alcance de su contaminación o el embalse de donde toma el agua potable, comenzando así otros territorios a adquirir ese estatus urbano que hasta el momento ha sido reservado a la “ciudad central” y por tanto, única real. Es decir, aunque muchos de los procesos más influyentes en la vida cotidiana de los ciudadanos aún no considerados como tales [por habitar en lugares fuera de la ciudad oficial] se hayan invisibilizado hasta ahora por diferentes motivos, no podemos continuar relegando su existencia únicamente a efectos colaterales del hecho ciudad de los que nos desentendemos mientras no necesitamos su cooperación. Y no nos referimos aquí solamente a las realidades más “correctas” que hasta ahora hemos mencionado, sino también a todos esos movimientos antagonistas a los que los impedimentos administrativos a su visibilización urbana han aislado hasta convertirlos muchas veces en grupos cerrados cuyas propuestas alternativas son percibidas por la población como excesivamente radicales. Es precisamente la existencia de todas estas realidades la que define con precisión los verdaderos límites de la ciudad, su verdadera influencia, y por tanto, su marco social, político y democrático.

[1] MANENT, Pierre; Curso de filosofía política; Fondo de cultura económica de Argentina, Buenos Aires, 2003; p. 83.
[2] Conferencia de Izaskun Chinchilla en el taller Metaedades [ETSAC, La Coruña, 2006].

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necesario pero no suficiente

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En un artículo publicado en 2003 en CIRCO Carlos Cachón hace un análisis de la situación actual de la arquitectura partiendo de las reflexiones de Peter Sloterdijk en su “Crítica de la razón cínica”. En él, describe nuestra posición ante la realidad como esa “falsa conciencia ilustrada” a través de la cual nos acercamos al mundo de una forma descreída, sabiendo de antemano que el mundo donde vamos a desarrollar nuestro trabajo no se rige por los mismos principios que nosotros. Este punto de confrontación inexorable con una realidad que nos supera por completo hace que nos refugiemos en el cinismo como último medio en el que poder mantener cierta capacidad operativa en el contexto actual.

La contemporánea obsesión por descubrir las potencialidades que generan las contradicciones del sistema, para utilizarlas en nuestro propio beneficio a la hora de enfrentarnos a un proyecto, quedaba de repente explicada: “los cínicos no se posicionan, hacen uso de estrategias”. El problema llega cuando se define nuestro campo de operaciones como limitado a los movimientos del sistema. Más como una reacción que como una acción. Es este el momento en el que inevitablemente descubrimos dónde está nuestro problema. Como el propio autor revela, esta nueva actitud no conforma un movimiento, sino que sería la actualización del Movimiento Moderno, y cuya virtud principal ha sido darle peso a la inconsistencia de las metodologías de proyecto postmodernas mediante un simple cambio de actitud ante la misma estrategia. Donde antes había una “conciencia cínica postmoderna”, que utilizando recursos semejantes se sentía satisfecha por los resultados en si mismos, hoy se situaría la “conciencia cínica moderna”, que partiendo de las mismas estrategias tendría unos fines más ambiciosos y éticos.

El problema salta a la vista si nos planteamos que de ser cierta la hipótesis de Carlos Cachón significaría que se produce la convergencia entre los estudios convencionales [definidos hasta ahora por unas intenciones puramente de mercado] y los que han traspasado la barrera de la importancia “cultural” en la opinión pública [al menos -por ahora- en la del público arquitectónico…]. Si esta actitud es el elemento que por fin une metodológicamente a todos los encargados de construir el mundo, las diferencias entre unos estudios y otros pasarían a ser cuantitativas y no ideológicas. Si partimos de que nuestra “aportación” a la sociedad [política] está regulada mediante mecanismos legales que garantizan unos mínimos, sería posible establecer que sólo nos diferenciamos en el tamaño [ni si quiera en la cualidad] de ese pequeño “regalo” de pensamiento intencionado que aportamos a mayores en cada uno de los proyectos en los que participamos como técnicos. Pues nuestra labor actual nos relega a un papel de espectadores pasivos ansiosos porque el presentador del programa nos nombre para salir a concursar.

Es cierto que el autor es consciente de esta visión de la realidad, pero no parece que ello le haga darse cuenta de que esa “falsa conciencia ilustrada moderna” afirma con una rotundidad contundente la existencia del punto de partida que precisamente quiere negar y trascender por ser conservador. Si dependemos de las acciones del sistema para idear inteligentemente nuestras reacciones e intentar desestabilizarlo desde dentro es desde luego porque tan sólo somos una parte ejecutora de los designios de algún ente “superior”, y únicamente podemos refugiarnos en la consecución de “lo diferente”, por otra parte objetivo primordial del mismo postmodernismo que sanciona el autor. Cuando se critica a Josep Quetglas por su visión de la situación profesional del arquitecto en la que ya no es el autor de la arquitectura sino un técnico parcial, no parece dársele demasiada importancia a uno de las conceptos clave de la cita de Quetglas: “la iniciativa del proyecto no es del propio arquitecto”. Como dice Terry Eagleton refiriéndose al error de una parte de las teorías que fundamentan el ateismo: “El verdadero reto es construir una versión de la religión que realmente valga la pena rechazar. Y esto tiene que empezar por rebatir el mejor ejemplo del oponente, no el peor” [1].

La cuestión de la iniciativa es la que nos hace plantearnos hasta qué punto esta metodología de trabajo es eficaz en lo que respecta a la consecución de los objetivos que tiene definidos. Más allá incluso de los propios objetivos, que como hipótesis vamos a plantear que son compartidos por todos, es decir, un infinito “hagamos un mundo mejor” pero en la versión para adultos.

La definición del mundo que lleva implícita la reflexión de Carlos Cachón es la aceptación de que el mundo se ha quedado sin agujeros más allá del sistema. Sobre este tema también ha reflexionado Alejandro Zaera en un artículo [2] publicado en 1998 en el que trataba de generar un mapa busca-nichos pero dentro y a través del propio panorama de la arquitectura contemporánea. Sin embargo, creemos que aún no es demasiado ingenuo pensar que es posible que queden determinadas zonas de sombra [y por tanto desvinculadas biológicamente del sistema] más allá de las fisuras de las que desde luego un análisis un poco complejo daría constancia con precisión. Pero la clave para explotarlas no pasa por esperar a reaccionar cuando el sistema las detecte y actúe, sino muy al contrario, pasa por actuar con antelación.

La iniciativa es lo único que el sistema realmente no espera. Y de hecho, es lo que más teme. El sistema está estructurado para generar el mayor cambio posible, pues el dinero es el único concepto realmente idealista, no apegado a ningún fin determinado ni constante. Y el único momento en la que la mayoría de los proyectos humanos son realmente independientes del mismo es antes de ser detectados, por eso el cambio debe ser controlado, porque las intervenciones autónomas pasan por un momento crítico para el sistema en el que éste no tiene constancia de su presencia, lo que demuedstra su finitud aunque sea por un pequeño espacio de tiempo. Por mucho que seamos capaces de averiguar sus puntos débiles, cada una de las inconexas situaciones en las que nos permitirá actuar estará limitada de una forma crucial por sus normas del juego, y nuestra libertad teórica se convertirá en un pasatiempos bienintencionado cuyos resultados son inexistentes hasta que una de las chispas que prendamos desencadene el ansiado efecto en cadena que buscamos.

No se está criticando aquí este nuevo modus operandi. Tan sólo creemos que a parte de condicionar su operatividad a cuestiones como la definición de sus objetivos, no se debería considerar como la única posibilidad de confrontación con el contexto actual [y de hecho el propio autor deja claro al final del artículo sus dudas acerca de completa validez de esta actitud arquitectónica].

Quizás no se trate de dejar de ser por fin exclusivamente técnicos, sino de ser capaces de generar momentos autónomos donde sencillamente no serlo en absoluto. Es precisamente en el momento en el que pensamos el mundo política e ideológicamente desde fuera cuando de verdad podremos detectar esa belleza intrínseca de la ciudad de la hablan Ábalos y Herreros en sus “7 Micromanifiestos” [3]. Es a través de una mirada activa [no sólo reflexiva] y simultáneamente dentro-fuera como podremos operar en el mundo conectando con la sociedad sin mediación del sistema.

Desde luego que somos “falsas conciencias ilustradas” que rechazan el sistema que mueve al mundo. Desde luego que trabajamos estratégicamente para desestabilizarlo desde dentro. Y desde luego que tenemos que lograr vislumbrar los potenciales de la ciudad contemporánea más allá de las críticas banales con las que nos educamos. Pero el hecho que refleja Quetglas cuando habla de aspecto de “inactualidad y de obediencia” [4] que refleja una gran parte de la arquitectura contemporánea debería hacernos reflexionar acerca de si esto es suficiente. Quizás no se trate tampoco únicamente de lograr posicionarnos e intervenir sin que medie un encargo del sistema. Quizás sea por fin el momento de plantearnos si en lo que deberíamos concentrarnos es en proyectar las condiciones que producirían otros encargos… “El terrorista perfecto es una especie de dadaísta que no golpea a este o aquel determinado fragmento de significado, sino al significado como tal” [5].

[1] EAGLETON, Terry; Después de la teoría; Debate, Referencias, Barcelona, 2005; p.184.
[2] ZAERA, Alejandro; Un mundo lleno de agujeros; En El Croquis 88/89 “Worlds I”.
[3] ÁBALOS, Iñaki; HERREROS, Juan; Una nueva naturalidad (7 Micromanifiestos); En 2G n.22 “Ábalos & Herreros”.
[4] QUETGLAS, Josep; Opiniones ajenas.
[5] EAGLETON, Terry; Después de la teoría; Debate, Referencias, Barcelona, 2005; p.222.

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arriba periscopio

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A lo largo del siglo XX y el XXI todas las profesiones e instituciones han ido perdiendo relevancia en la construcción del mundo en favor del capital. Sin embargo, muchas disciplinas, aún habiendo perdido capacidad de decisión, si han sabido mantener una relación directa entre las cualidades de su excelencia y la valoración que el capital hace de las mismas. Por ejemplo, puede que el sistema neoliberal intente privatizar la sanidad por medio de todo tipo de prácticas sin fundamento y argumentos peregrinos, pero a ninguno de sus adalides se les pasaría por la cabeza bajar su nivel o disminuir su eficacia hasta llegar a la barreras morales o ideológicas, “tan sólo” pretenden conservar y ampliar la situación privilegiada de algunos haciendo que su nivel de excelencia sólo pueda ser alcanzable por las clases económicamente mejor situadas, que además consiguen de rebote una nueva distinción social. Lo mismo ocurre con la industria automovilística, hotelera, textil o con casi cualquier otro campo profesional. El sistema busca diferenciar a las personas mediante su nivel de renta al condicionar su acceso a los productos más cualificados, pero intentando en todo momento que la calidad de dichos productos sea proporcional a su valoración monetaria, aunque esta proporción sea transfigurada constantemente para responder a las modas temporales.

En el caso de la arquitectura y el territorio, y más específicamente en el campo de la arquitectura residencial, esta situación sencillamente no existe. Las diferencias entre una vivienda de un precio elevado y cualquier otra pueden resumirse en tres parámetros fácilmente mensurables: la situación respecto a una serie de nodos urbanos, la superficie útil en metros cuadrados y el acabado interior de las estancias. Lo que tiene precio es la situación, el tamaño y la construcción, no la arquitectura. La situación nunca es un escollo porque responde a factores que no son considerados como coercitivos, pues se parte de la suposición o más bien de la promesa de libertad de movimiento que hizo y hace la industria del automóvil. Se podría considerar que el automóvil privado se ofrece como una extensión de la casa que no viene incluida en la oferta inmobiliaria. Y el tamaño y la construcción no hacen preguntas incómodas sobre nuestros modos de vida. Tampoco dependen de decisiones que puedan parecer subjetivas a un sistema perfectamente engranado. Y además no necesitan ser explicados. Porque todos “sabemos” [así nos lo han enseñado] que la arquitectura no debe ser explicada a sus usuarios a no ser que sea mala arquitectura. En este sentido, la construcción convencional sólo necesita ser publicitada como situada a 5 minutos de algo [que varía según el estado de la opinión pública y la situación entre el centro comercial, la playa o el centro urbano], a 10 minutos de otra cosa sin ninguna importancia, disponer de x metros cuadrados con una “amplísima” gama de posibilidades de elección de número de dormitorios, y con unos acabados que tan sólo pueden ser o bien de primera o bien de primerísima calidad. Evidentemente ninguno de estos parámetros tiene que ser explicado a nadie. Y por tanto nadie tiene que hacerse ninguna pregunta sobre su modo de vida urbano y sobre sus inquietudes como ciudadano. Se da rápidamente por supuesto que con estos tres datos objetivos y su valor en euros, más una fugaz visita para comprobar las vistas y la grifería [visita que ya es común que sea a una maqueta escala 1:1], ya podemos evaluar perfectamente si es lo apropiado para acoger nuestra nueva vida en libertad.

De esta manera los modos de vida propuestos sólo son referenciables al sistema productivo en el que nos movemos, pues como ya ha sido introducido por varios autores, el tiempo de consumo es tiempo de producción al igual que el laboral. Y las excepciones a la norma vienen siempre desde propuestas de viviendas ligadas al consumo de una determinada forma de vida ociosa al que casi toda la ciudadanía aspira, para disfrutar de la verdadera vida al margen de sus trabajos. En este punto es donde adquieren una relevancia sin precedentes obras como La buena vida de Iñaqui Ábalos, en donde el programa residencial no se explica basándose en las referencias arquitectónicas que los han generado, sino que son éstas las que se explican a partir de los programas vitales y las concepciones del mundo y la sociedad a las que se ha buscado dar forma mediante arquitectura. Y lo más importante es darse cuenta de cómo ambas maneras de entender la vivienda son las que la forman simultáneamente. Cómo se produce paralelamente la construcción de la casa y del individuo que la habita. Y es ahí donde la arquitectura residencial se encuentra atrapada actualmente. En un punto cualquiera de un mundo virtual que se ha generado entre todos y en el que sólo cabe huir hacia delante cada vez que se detecta un problema, un fallo en el sistema. Y claro, como se trata de un mundo virtual, sin límites definidos, y sin puntos de referencia reales, todo el movimiento que se produce es a ciegas. Si se construye demasiado en el litoral, prohibimos construir temporalmente hasta que sepamos que hacer [pero nos aseguramos de avisar 6 meses antes de la aplicación de la ley para que tampoco se pare completamente el sistema]. Si se agudiza el problema del acceso a la vivienda, construimos viviendas de 30 metros cuadrados. Si se producen atascos en los accesos a la ciudad, construimos una vía de circunvalación o aumentamos los carriles existentes. Si Santiago construye la ciudad de la cultura, La Coruña [La Voz de Galicia] exige y consigue el Centro de Ocio. El sistema jamás se pone en entredicho. Los modos de vida son los que son porque han sido decantados a lo largo de miles de años de evolución, y ésta, al estar en nuestras subjetividades tan ligada a la idea de progreso, no puede ser puesta en crisis sin “matar” a demasiados “padres”.

Esta situación es día a día fomentada en las instituciones creadas al amparo del positivismo más fundamentado. Así, como ya ha sido decidido que la evolución y el progreso construirán por si mismas el futuro ideal y sin injusticias sociales que anhelemos, la Universidad ha sido liberada de las preguntas más fundamentales respecto a la existencia humana, y se ha convertido en un simple instrumento más del sistema. Quizás una herramienta cualificada pero nunca un arma autodestructiva y con capacidad de autocrítica. No hay nada que poner en crisis porque “sabemos” que en el futuro la propia evolución superará definitivamente nuestros actuales problemas. En este sentido, la gran deficiencia del sistema educativo en las Escuelas de Arquitectura es que se ha olvidado por completo la docencia y el interés por la lectura del mundo contemporáneo. Todo nuestro instrumental de interpretación está predeterminado. No es ni actual ni personal sino heredado. Así, el talento arquitectónico pierde todo su valor trasgresor, pues sólo se “maneja” en un contexto de variables muy limitadas en cuanto a la trascendencia sociocultural real de las acciones proyectadas. Se educa a un arquitecto sumiso a los requerimientos que hace “flotar” el sistema y no a ciudadanos críticos con su entorno con capacidad de interacción independiente.

A partir de aquí, mientras vivamos en este mundo de posibilidades tan abrumadoramente limitado no podremos pensar la vivienda como el proyecto de un modo de vida determinado. Habitamos las viviendas y ellas nos habitan a nosotros. El proyecto residencial es quizás el más ideológico de los que afronta un arquitecto. Pero dada su importancia como rótula que necesita el sistema ha sido desposeído por completo de este fundamento. Construirlo es una de esas nuevas tareas que se nos ofrecen a los arquitectos contemporáneos. Y para hacerlo, necesitamos elaborar periscopios que se asomen fuera de ese mundo virtual autoinfligido en el que nos sentimos tan cómodos haciéndonos preguntas cuya respuesta nos importa una mierda. Porque sabemos que bajo la cuerda sobre la que caminamos hay red. Que en el mundo virtual posicionarse no implica tomar riesgos porque nadie muere. La realidad es un constructo cultural al igual que el territorio o la vivienda. Y su futuro no está cerrado por la objetividad. Será lo que quiera ser el presente. Llámame puta… y tú llámame Danny Glober.

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residencial Bella Vista… su mejor inversión

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Varios estudiantes de la ETSAC llevamos unas semanas participando en unas asambleas que organiza el Centro Social Atreu! sobre el “problema de la vivienda”. A parte de dar a conocer esta necesaria iniciativa, e informar de que la participación en las asambleas, las acciones y las investigaciones que estamos comenzando a desarrollar es totalmente libre y abierta a ideas y sugerencias, consideramos necesario describir el punto de partida que vamos a utilizar como lanzadera, y que esperamos haga más viable la consecución de los objetivos principales de dicha iniciativa.

Para alejarnos lo más posible de los vulnerables tópicos acerca de esta clase de acciones pensamos que un campo de reflexión que hasta ahora no se ha trabajado por completo es la maravillosa habilidad que tenemos para olvidar nuestra capacidad crítica y escepticismo a la hora de enjuiciar la realidad que nos rodea. Así, una creciente cantidad de auténticas estupideces son aceptadas con total normalidad por la mayor parte de una población entregada sin remisión a los placeres que nos oferta el sistema. Caer en el fácil España es así no parece la respuesta definitiva a nada. Aunque si es cierto, y es bueno no olvidar, que vivimos en un país donde hay hasta dobles manifestaciones contra los atentados terroristas [antes de asistir debe usted mirar en el periódico los famosos lemas para ver cual combina mejor con su peinado de esta semana], en una comunidad donde lo importante para todos los gobernantes que podemos elegir es nuestro nombre como pueblo y recordarnos lo gallegos que somos como si fuéramos a olvidarlo continuamente, y en una ciudad que quiere ser la “ciudad de los museos” y que al ritmo que va pronto será el paradigma de los mojones de Kevin Lynch, siempre a base de las últimas tecnologías en ascensores, mástiles y banderas gigantes u obeliscos de estilo imperial minimalista. En fin, vivimos rodeados de una cantidad sin precedentes de noticias y publicidad que no tienen la más remota importancia, pero que al llenar el hueco de lo relevante hacen que este se borre de nuestras conciencias y vivamos sin hacernos más preguntas que las necesarias. El “problema de la vivienda” es uno de esos temas a los que ya nos hemos acostumbrado de tal manera que nuestros discursos [profesionales o no] se han convertido en la mejor forma posible de entretenimiento y consecuente apaciguación ciudadana. El ejemplo que a continuación se relata es sólo una más de las paradojas que nuestra sociedad admite como un caso aislado y que no tiene más relevancia que eso, ser un consumible visual más que permanecerá en nuestra retina hasta que aparezca el siguiente caso sorprendente del que poder hablar.

La cuestión es que más de una vez, en conversaciones sobre proyectos que me parecían poco ambiciosos he puesto el estúpido ejemplo de que por poder, podríamos vivir en casas de un metro de altura, tan sólo tendríamos que reacostumbrarnos a movernos a gatas en nuestras viviendas. Este ejemplo, que simplemente hablaba de no conformarse a priori con satisfacer las necesidades básicas a la hora de hacer proyectos de carácter residencial, se convirtió hace un par de meses en una absurda premonición de lo que nos ha tocado vivir. Un documental sobre el manido [y simultáneamente olvidado] tema de la vivienda relataba con total tranquilidad el siguiente caso. Jesús Barajas, que para más información es un ciudadano madrileño de unos 35 años y de estado civil soltero, ha comprado un piso de 19 m2 en su ciudad. En un momento en el que la administración propone pisos para jóvenes de unos 30 m2, y realmente pienso que se pueden hacer muy buenas arquitecturas en dicha superficie, lo que verdaderamente me sorprendió es el titular que acompañaba inferiormente a la triste y afligida cara de Jesús: “La vivienda ha cambiado su forma de moverse”. Si, si. Sin más. Por fin hemos dado ese importante paso evolutivo como especie. Jesús se desplaza por su recientemente adquirida casa lateralmente, pues sus espacios de circulación apenas alcanzan los 40 cm. Aunque el documental continuaba con otros casos de igual calado, desde sorteos de viviendas protegidas a los que asisten 80.000 personas, a titulares del estilo “Ainoa y Miguel no pueden casarse porque perderían el derecho a la vivienda” o “David y María: afortunados en el sorteo de pisos”, es el caso de Jesús el que me parece que toca más puntos del actual “problema de la vivienda”.

Porque en realidad este problema alcanza a tal cantidad de instancias de la sociedad que su complejidad se basa en que no se ha afrontado aún con una mirada globalizadora, por multifocal, no por genérica. Así, en este caso, es urgente dejar de pensar en términos de culpables y víctimas, pues las diferencias entre ellos se han difuminado de tal forma que nos deja sumisos en un panorama donde la capacidad de acción es mínima. Creemos así que es determinante implicar a todos los ciudadanos [e idear cómo hacerlo sin caer en el tópico llamamiento a la unión social contra los “malos” es ya un trabajo complejísimo] no solamente para que tomen posiciones en contra de las estructuras político-económicas que generan y agudizan el problema, sino para que tomemos conciencia de cómo nuestras decisiones individuales lo sostienen, perpetuando “inconscientemente” el sistema y empeorando la situación que precisamente con nuestros actos queremos evitar. Desde el padre de familia que compra un piso a cada uno de sus hijos para evitarles el “problema” [y si, lleva toda la vida trabajando para conseguir lo que tiene, pero eso no justifica nada], a la pareja de ancianos que no alquilan un piso que lleva años vacío por miedo a quién podrá ser su inquilino [claro que hay que actualizar las leyes a la realidad contemporánea, pero también hay que confiar un poco más en los demás], pasando por la pareja de recién casados que prefiere comprar un piso a alquilarlo cueste lo que cueste [porque hay que hacerse con un status social cuanto antes], el banquero que decide flexibilizar aún más las hipotecas que concede [siempre como “favor” a la sociedad, no como lucro empresarial], el arquitecto que se siente cómodo siendo el simple ejecutor técnico de los deseos personales de un promotor [el único principio inviolable es elegir la piedra que más nos guste para el aplacado] o Jesús Barajas, cuya educación y entorno social le ha hecho creer que “la vida es así” y más vale cambiar la manera de moverse que no poder adquirir una vivienda en propiedad… todos somos el verdadero grueso del “problema”. Porque en realidad, las decisiones políticas se basan en las preferencias del electorado y las económicas en las del consumidor. Y esos, queramos o no, somos todos.

Atacando a las inmobiliarias, las promotoras, los banqueros, los arquitectos, los políticos, etc. no se están consiguiendo grandes resultados porque desde sus reductos profesionales todo cuadra en el mecanismo asentado del sistema. Todos sabemos lo que está bien y mal respecto a este tema desde un punto de vista externo. Lo que no es tan sabido [en el mejor de los casos…] es la capacidad como ciudadanos que tenemos para modificar las inercias de dicha situación. Por eso las acciones que estamos comenzando a desarrollar estarán marcadas tanto por objetivos más cercanos a la denuncia convencional, pero de una forma reflexionada que parta de los datos empíricos que aporten las investigaciones, como por el objetivo de vincular las vidas profesionales y personales de todos los ciudadanos, de forma que la toma de decisiones pueda seguir siendo individual, pero que sus motivaciones partan siempre de una reflexión previa sobre sus consecuencias sociales y personales reales.

Por nuestra parte, como ergosfera, vamos a desarrollar una iniciativa complementaria a las que se van a realizar en los próximos meses en el Centro Social Atreu!. Se trata de un taller de investigación y desarrollo de propuestas sobre el tema de la vivienda desde un punto de vista que creemos que aun no ha sido experimentado de forma sofisticada, y que podría ser un buen complemento a otras respuestas al problema más contundentes y relevantes pero más complicadas de llevar a cabo a corto plazo. La cuestión es plantearse qué pasaría si expandiéramos el concepto vivienda al espacio público. En un contexto en el que las viviendas se hacen cada vez más pequeñas y compartir piso es una solución globalizada para enfrentarse a su absurdo precio, con la consecuente aparición de carencias en cuanto a lugares donde desarrollar actividades no convencionales ¿no podría ser una vía de escape, no de solución genérica, implementar en el espacio público la potencialidad de ser habitado con funciones domésticas? La vida contemporánea está marcada por una constante reactualización de los lugares donde realizamos nuestras funciones vitales y donde desarrollamos nuestros formas de ser más subjetivas. Así como los avances tecnológicos y el incremento del poder adquisitivo medio [de banalidades] han posibilitado que se privaticen funciones que antes sólo podían desarrollarse fuera del hogar, los nuevos modos de vida y la configuración de nuestros entornos urbanos han propiciado que otras funciones que antes se desarrollaban exclusivamente en las viviendas ahora se dispersen por toda la ciudad de forma temporal e inconexa. ¿Qué clase de experiencias domésticas pueden tener cabida en el espacio público? ¿Cuáles serían sus formas de apropiación y gestión? ¿Cómo se podrían aprovechar para conseguir otros objetivos sociales desde un punto de vista más filosófico? ¿Qué puede aportar una escuela de arquitectura a su ciudad de una forma propositiva y no condicionada por un encargo?…

Próximamente en www.ergosfera.org

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lección en Gondomil: el territorio necesita otras preguntas

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La semana pasada he estado colaborando en la organización de una exposición sobre la costa gallega que se desarrollará en paralelo al I Congreso Internacional de Territorio y Urbanismo. Dicho evento, que se celebrará en el palacio de congresos de Galicia en Santiago de Compostela los días 23, 24 y 25 de Noviembre, tratará sobre el espacio litoral y contará con la presencia de numerosas “personalidades” relacionadas con la costa y los procesos de humanización que la transforman continuamente.

Pues bien, la cuestión es que durante uno de los recorridos por la costa, con objeto de realizar una radiografía lo más incisiva y generalizable posible sobre su estado actual, me sucedió algo que quizás pueda arrojar un poco de luz sobre las conservadoras reflexiones que probablemente se producirán en el congreso. Pues, a la luz de los importantes invitados a la reunión, parece claro que la parte más relevante del asunto, la gente común que habita estos territorios, van a volver a enterarse, si es que lo hacen, de las conclusiones, si es que las hay, a través de los mismos medios de comunicación que inundan sus informaciones de especulaciones y opiniones interesadas, y que tan sólo generan debates desde la distancia y la complicidad con el sistema.

El hecho es que durante una de esas incursiones por pistas de tierra en un monte cercano a la playa de Balarés, el coche dijo basta y se quedó encallado en un barrizal. Tras media hora de camino bajo una intensa lluvia, llegué a una pequeña aldea monte abajo llamada Gondomil. Allí, la primera persona a la que vi fue un hombre trabajando bajo la lluvia en una finca cercana a su vivienda. Desde el primer momento, el tipo, de unos 45 años, “comprendió” que su jornada laboral había concluido porque alguien necesitaba su ayuda. Tras unas cuantas llamadas al seguro y a la grúa [yo no disponía ni de móvil], el paisano fue a coger un paraguas y esperó conmigo a que llegara la grúa, para explicarle desde su conocimiento del terreno cual era la mejor opción. Pasada media hora llegó la grúa y, tras acercarnos al comienzo del monte, el operario se dió cuenta de que la grúa no podía subir por esas pistas. El tipo de Gondomil no dudó ni por un momento de que había que subir hasta el coche y analizar la situación “sobre el terreno”. Así que el paisano, el operario de la grúa, su sobrino y yo nos pusimos en marcha monte arriba. El final de la historia se resume diciendo que el coche logró salir del monte a base de empujar, hacerle camino rellenando con piedras y ramas los surcos insalvables [provocados por las riadas que ahora se producen en ese calcinado monte], e incluso mediante la “reconstrucción” de un tramo del camino con unos sachos que el paisano se encargo de ir a pedir a otra aldea cercana. Una vez abajo, después de tres horas de trabajo, el tipo habló con el gruista para que “falsificara” el informe del seguro y dijera que el percance había tenido lugar en una carretera, ya que en esa clase de caminos, aseguraba, el seguro no se hace cargo de los gastos de la grúa. Tras esto, llevé al paisano a cerrar sus granjas y lo dejé en casa, en donde me ofreció ropa seca como última muestra de su tremenda humanidad. Y entonces, de camino al hostal de Ponteceso, comencé a pensar sobre ese tipo y lo que realmente podía significar para mi trabajo. Ya que lejos de ser un día perdido, aunque con una grata experiencia, creo que fue quizás el mejor documento que podía obtener sobre la situación actual de estas zonas del territorio gallego, más allá de la distorsión generalizada sobre dicha situación que producen tanto la manipulación de los medios de comunicación como las “fundadas” argumentaciones de los “expertos”.

Pues ese tipo, cargado de virtudes y valores de esos que se supone nos confieren la querida cultura y la “urbanidad” es el mismo que no pinta su casa y deja el ladrillo “hueco doble” a la vista, el mismo que construye sus granjas a base de bloque de hormigón y uralita, el mismo que utiliza varios trozos de alambrada diferentes para el cierre de su finca y hace la puerta con un somier, el mismo que es denunciado por “medio ambiente” cuando intenta limpiar de ramas el regato que pasa cerca de su vivienda para que no se desborde, el mismo que también es denunciado por hacerle un cierre a una parcela para que los jabalíes no destrocen su cosecha, el mismo que mancha las impolutas carreteras con su tractor, el mismo que construye a menos de 200 metros de la costa, el mismo que levanta en un valle “idílico” dos depósitos oxidados con comida para sus animales, y el mismo que no dudó ni un instante en quitarle a uno de esos muretes tradicionales que cercan las parcelas en los montes [y que tanto adoramos los arquitectos] un par de piedras para ayudar a un extraño a sacar su coche del monte. El mismo oigan, el mismo. Y entonces, tan sólo me quedaron ganas de mancharme de una vez las manos y preguntarme:

¿Queremos creernos realmente ese invento llamado feísmo? ¿De verdad pensamos que los sistemas culturales que parten del mundo universitario y político son modelos exportables a los reductos pseudorurales que quedan en Galicia?, ¿acaso su cultura ya no es valida o no existe?, ¿ha involucionado mientras la “nuestra” a evolucionado? ¿No parece una aberración cualquier intento de crear una “cultura” desde el despacho?, ¿son las normativas y la legislación las mejores armas para intervenir en estos territorios?, ¿deberíamos empezar a trabajar con la puesta en el mercado de soluciones constructivas mejores e igualmente sencillas y baratas?, ¿ayudan los planeamientos y sus dotaciones de infraestructuras a estructurar realmente estos parajes? ¿Queremos importar el modelo suizo a la Galicia “profunda” cuando sabemos que un determinado modelo arquitectónico y paisajístico también implica un determinado comportamiento humano? Y sobre todo, ¿en serio nos creemos que podemos construir un futuro mejor para Galicia desde la razón, ya sea política, urbanística, ecológica, etc., sin tener en cuenta lo que saben todos estos “paisanos”?

Todas estas preguntas lanzadas al aire quieren empezar a dinamitar la concepción convencional y conservadora de los problemas que acechan a la costa gallega y al territorio en general, por eso este congreso parece una gran oportunidad, si no de comenzar a reflexionar de forma seria sobre las estrategias de intervención más apropiadas, sí para comenzar a sentar las bases [en las conciencias de los que ahora tienen el poder de hacer cosas] para que este debate se produzca cuanto antes.

Nos vemos en Santiago.

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